Estamos en un momento de vida en el que tenemos mucho más acceso a la información que en el pasado. Todo está a la altura de la palma de nuestra mano, literalmente.

 

Sin embargo, pocas veces nos cuestionamos sobre la fuente original o la veracidad de las noticias que leemos en las redes. Creemos que un estudio de Harvard es verídico, pero por lo general no investigamos quién lo pagó o para qué se publica.

 

A veces podemos encontrar quasi tratados que dicen que los refrescos no son dañinos para la salud ni representan peligro alguno para los niveles de azúcar en el cuerpo, y cuando leemos a profundidad nos damos cuenta que dichos estudios fueron pagados por las refresqueras más importantes del mundo. Leamos pues “entre líneas”, y por favor no creamos todo lo que aparece en cualquier medio de comunicación o red social.

 

El tema de los supuestos virus y bacterias que nos acechan nos tiene sumamente preocupados, por el tratamiento de epidemia o pandemia como se les trata. Los invito a reflexionar sobre la cantidad de personas que vivimos en la CDMX contra los casos que se han registrado, por ejemplo, del reciente coronavirus.  No podemos vivir pensando que con toda certeza nos va a matar. Pongamos nuestra atención en muchas otras cosas importantes que suceden alrededor nuestro.

 

Quiero recordarles que lo que más debilita al sistema inmunológico es el miedo. Propongo, por ello, que dejemos de escuchar noticias que nos hacen pensar todo el tiempo en el fin de la humanidad, porque eso activa el miedo en nuestro ser. El miedo, que es el sentimiento contrario al amor, tiene una baja frecuencia vibratoria que nos hace resonar en ese nivel.

 

Cuando nos exponemos a noticias alarmantes y catastróficas surgen reacciones que se impregnan en nuestros órganos y disparan respuestas “enfermas” en nuestro cuerpo.

 

Me parece primordial que nos demos cuenta de que la mayoría de los “padecimientos” que sufre la sociedad están siendo creados por las olas de desinformación que se reciben sin descanso a través de los medios de comunicación. Paremos de decir y ver cosas que nos meten en situación de alerta. Busquemos paz interior, nutramos nuestro cuerpo correctamente, y hagamos una práctica personal. Así, seguramente evitaremos el contagio de cualquiera que pasa al lado nuestro.

 

De igual forma sucede con el tema de la inseguridad. Es importante reconocer el mundo en el que vivimos, sus carencias y sus peligros, pero si caemos en pánico constante es poco probable que podamos mantenernos a salvo. Resulta indispensable asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos y sentimientos, ya que ellos generan nuestra realidad objetiva. ¡Cuidemos entonces lo que tomamos del exterior!