“Las penas con pan son menos”

Miguel de Cervantes

 

El pasado lunes me tocó renovar mi visa gringa; la última vez que tuve que hacer este trámite fue literalmente hace 10 años. En aquella época renovar tu visa americana era tan importante y complicado como preparar un examen profesional, incluso más estresante. Uno tenía que llevar estados de cuenta de los últimos años, comprobantes de domicilio que tuvieran exactamente los mismos detalles en la caratula (para los millennials esto podrá sonar como una tontería), sin embargo en aquellos tiempos el recibo de la luz tenía el nombre diferente al de Telmex y tenía diferente código postal al de cablevisión y salía un nombre diferente que en del predial. También teníamos que llevar una carta de recomendación del trabajo, otra más del doctor, una más del pediatra, terapeuta, cédula profesional, calificaciones del kínder y hasta de las clases de cocina. Uno tenía que ir bien vestido, preparar respuestas acerca del motivo de viaje, si había parientes viviendo del otro lado del charco, lugar de trabajo, etc., etc.

Aparte de eso uno tenía que llegar a las 7 de la mañana aunque la cita estuviera programada hasta las 8:30, ya que en aquella época existían coyotes que llegaban a apartar lugares des de las 5 de la mañana. Una vez adentro la cola era más larga que la de Space Mountain en Disneylandia recién inaugurado. Cuando por fin llegaba la hora de la entrevistaba con el Cónsul, uno se enteraba en ese preciso momento si te negaban la visa o no. En el mejor de los casos, con una cita a las 8:30, uno acababa saliendo de la embajada alrededor de las 10:30. Todo un martirio.

El proceso ha cambiado substancialmente, ahora todo se hace por internet. Uno llena un cuestionario en línea, en donde básicamente te preguntan hasta si estas en dieta blanda o no, tus gustos, mañas, datos personales, etc. Me queda muy claro que esto simplemente lo hacen para comparar la información, ya que ellos ya cuentan con toda nuestra información y solo la necesitan comparar y validar. Para esta ocasión solo me debía presentar a mi cita con mi pasaporte y la hoja impresa donde venían los detalles de ésta, comparado con mis antiguas experiencias me sentía desnudo, sentía que me faltaban documentos o papeles para poder constatar la información de mi cuestionario. Pensé en las respuestas a las posibles preguntas que me podía hacer el cónsul y hasta había practicado mi acento británico.

Mi cita la programé para las 8 de la mañana, de tal manera podría regresar a la oficina a buena hora y aún poder aprovechar el día de trabajo, habría calculado estar de regreso por ahí de las 11. Una vez más para mi sorpresa todo ha cambiado, ya no hay coyotes apartando lugares, los de la cita entran a la hora que debe de ser y ya una vez dentro no hablas ni con el Cónsul ni con nadie. Tienes interacción con la señorita policía a la que después de darle los buenos días te guía hacia la ventanilla donde entregas el pasaporte. En la ventanilla adjunta te toman la foto, te dan las gracias y te invitan a pasar a la salida.

Eran las 8:15 y yo ya me encontraba en la calle esperando mi Uber para que me regresara a la oficina. Al ser un lunes por la mañana en la Colonia Juárez sin nada que hacer, tuve una extraña sensación, me sentí fuera de lugar, como si fuera un turista.  Debía de pensar y actuar rápido. Por suerte mi panza y mi sexto sentido en cuanto a antojos ya habían tomado la decisión por mí. Debía de aprovechar mi ubicación (bastante inusual para mi) y decidí ir a Niddo a desayunar. He oído muchas cosas buenas acerca de este lugar y era una gran oportunidad para conocerlo. Busque la dirección en google y para mi mala suerte cierran los lunes. Una espantosa equis como diría Chabelo. Me puse nervioso una vez más,  el Uber ya había llegado. Debía pensar rápido por segunda ocasión, por lo que pedí paciencia y un minuto de silencio al conductor. Una vez más se me ilumino el cerebro. Cambie la dirección a dirigirnos en el Uber y partimos a toda velocidad rumbo a la esquina de Alfonso Reyes y Tamaulipas, en las hipsteriana y sumamente trendy Colonia Condesa.

El reloj marcaba las 8:30 y la fila era ya de consideración. Todos los días de la semana, desde las 8 de la mañana hasta las 12 del día, se encuentra abierta La Esquina del Chilaquil. Aquí se sirven las más exquisitas tortas de milanesa con chilaquiles que se puedan imaginar. Este es el ejemplo perfecto de lo que se conoce en el mundo como “Street Food” o en nuestro más puro castellano como un típico puesto callejero.

La encargada y creadora de este gran concepto rico en proteínas y carbohidratos se llama Perla Cristina Flores Millán, mejor conocida como la “Güera”, quien por los últimos 20 años, llueva, truene o relampaguee, ha ayudado a curar y mitigar las crudas de miles de capitalinos. La idea es simple: bolillo de calidad, se le quita el migajón, una fina capa de frijoles refritos, una porción de milanesa de pollo y una cucharada generosa de chilaquiles rojos, verdes o campechanos (osease un poco de los dos). A manera de decoración y para que amarre se le agrega un poco de queso Cotija y crema a discreción.

En una época en que están de moda los desayunos balanceados y saludables, donde lo único aceptable es el todopoderoso jugo verde, donde la única guarnición bien vista en el desayuno  es un plato de papaya fresca o toronja, existen gracias a Dios nuestro Señor las tortas de la güera.  Este es un verdadero oasis para los que seguimos en régimen de carbohidratos, para los antojadizos, para los rebeldes sin causa y obviamente para los crudos.

La Esquina del Chilaquil es verdaderamente toda una historia de éxito. Por varias décadas la familia de la Güera vendió tamales en esa misma esquina y una vez que le tocó a ella llevar el negocio familiar le dio un giro muy original que la elevo al estrellato. Perla vive justo en el departamento de arriba y tiene una rutina cuasi-militar. Se despierta diariamente a las 4 de la mañana a preparar cantidades industriales de chilaquiles y milanesas, las cuales tiene listos para las 6:30. La receta de las salsas de los chilaquiles no las comparte, pues dice que es la receta secreta de la familia, sin embargo comenta que prefiere la verde. Para las 7 de la mañana llegan las bolsas de plástico llenas de bolillos recién salidos de la panadería y a las 8 en punto, ya con una fila de comensales importante, empieza a preparar sus famosas tortugas.

En mis 20 minutos en la fila me tocó presenciar como llegaba el camión repartidor de “Lala” a depositar los inmensos botes de crema y queso, cuando hicieron falta servilletas la güera simplemente tiró un tremendo grito de mesosoprano al aire y un familiar inmediatamente se las aventó desde la ventana del departamento. Más milanesas, mismo grito pero esta vez fueron bajadas por las escaleras a manera de evitar accidentes. Tiene un sistema rápido, efectivo y probado que ayuda a preparar a máxima velocidad torta por torta al gusto de cada comensal.

Formados junto a mí hay de todo tipo de personajes: 2 policías auxiliares, un grupo de Godínez,  licenciados a discreción, 4 millennials crudotes (en lunes), su humilde servidor y varios entusiastas más. Me platican que durante el fin de semana la cola es de mínimo 30 minutos y si tienes suerte te puedes encontrar a todo tipo de artistas, políticos y hasta deportistas de alto rendimiento, eso sí, todos son tratados por igual. Este santuario de carbohidratos sobre carbohidratos y de alimentos altamente grasos, pareciera que fue diseñado con una finalidad en específico: la salvación matutina de las almas en pena que rondan por las calles de la Condesa, dándole cuerpo al estómago y restaurando la energía perdida después de una larga noche de copas.

Todo un desayuno de campeones.

@huey_tlacuali