“I’m fucking done with sadness, and I don’t know what’s up the ass of the universe lately, but I’ve had it. I am going to be furiously happy, out of sheer spite.”
― 
Jenny Lawson,

(Furiously Happy: A Funny Book About Horrible Things)

 

Estimada Regina,

Gracias por esperarme. Ya me estaba tardando en escribir, ya me había tardado también en regresar a terapia.

Ya hice lo último,

Y en este momento hago lo otro.

Como era de esperarse, algo muy pinche tuvo que pasar para que yo dijera,

  • “vaya usted de vuelta al consultorio”.

Ya van varias veces que me quiero echar la vida “a pelo” y no funciona, nomás alboroto todos los ítems de mi cerebro y convierto ese espacio en un atascadero; donde ya no se alcanza a ver nada.

Y aquí regreso de honesta, arriesgándome a ser juzgada, porque ese es uno de los miedos, andar pisando cascarones, diciendo lo que es políticamente correcto, ocultando lo que nos puede hacer vulnerables frente los demás, pero la verdad ya me tiene harta la gente que nomás habla “de a mentiras” o dice pendejadas.
Quiero dejar claro que no me parece que mi vida sea “taaan interesante” como para venir y echar un blog con mi historia, pero creo que estos temas – de mental health – la gente los lleva puestos en secreto y escribir mi caso, podría tocar a ciertas personas que lo padecen en silencio.

Y no ando por la vida hablando de salud mental nomás porque sí, considero de verdad – imperativo – qua la gente se informe un poco más del tema, todos estamos cerca de alguien que padece algún problema mental,  y no podemos decirle “tú respira”, como si de verdad esa fuera una opción.

Todos queremos respirar.

A veces nomás no se puede.

Existe una falta absoluta de entendimiento de parte de la gente hacia las enfermedades mentales, entonces usan frases imbéciles como, “no creo que eso exista”, o la de, “nomas se inventan enfermedades”

Y no falla que te tiren sus propuestas,

“vete a ver a mi shaman,

yo tengo una bruja buenísima,

hazte tu carta astral,

ve a una terapia de cristales,

un retiro de silencio,

Uta, vete a Careyes por ayahuasca”

No mamen.

Respeto a la gente que le funcionan sus alternativas, las respeto porque además no dudo que sí les funcionen, pero seguro no tienen lo que yo tengo. Esto es físico, ocurre en el cerebro y no hay shaman* o viaje a Careyes que lo componga. No necesito carta astral (ya me la hice alguna vez), tengo el mapa de mi cerebro después de un encefalograma y un electroencefalograma. Y no necesito ver más.

Sé perfectamente lo que tengo: inmadurez en el lóbulo frontal izquierdo que en términos más burdos, sale color rojo en el mapa. No rojo naranja, rojo casi vino. Igual que el de mi hijo Diego. Ambos tenemos un galopante déficit de ansiedad.

El con sus 10 años tiene mucha chance de salir mejor que su madre.

Yo por sobre-compensar mis necesidades de atención y foco durante los años (a pelo),  agote a mi cerebro y desarrolle TAG (trastorno de ansiedad generalizado).

La ansiedad llega para avisarnos que tenemos que prestar atención, pero puta madre, cuando ésta es excesiva, ya no sabes ni a donde voltear, todo se hace una maraña de,

Diego se va a caer del árbol mientras que no he recogido la mendiga tintorería y ¿cómo le cuelgo a este pinche cliente que me está gritando en el teléfono, mientras tengo a mi socio en llamada en espera?, óyeme ansiedad, ¿de verdad quieres qué ponga más atención?, porque si pongo mas atención me da un paro cardiaco…”

Tengo un cerebro que va a mil, que reacciona “a veces” impulsivamente, que le cuesta trabajo tomar decisiones, porque sus pensamientos se enciman y complican – el verlos claro – uno por uno, la atención y el foco son duros de alcanzar, cualquier cosa es un distractor, cuando logro concentrarme, las interrupciones son letales.

No hay semáforos,

Todos los mensajes que recibo, buenos o malos llegan como coches que traen prisa,

Llegan a mi cerebro, sin ningún orden – no a estacionarse – llegan manejando en chinga.

Así, “yo estoy buscando mi llave del coche, pero me encuentro el botón de mi saco negro en el camino, regreso al closet y saco el saco para llevarlo al sastre a que le pongan el botón, y me encuentro unos pantalones que ya no quiero, los saco para la bolsa de “cosas que ya no quiero” que está en el closet de mi hija, descubro que tiene un desmadre ahí y me enfurezco y me pongo a arreglarlo, luego me doy cuenta que ya es muy tarde, abro mi teléfono y hay 200 Whastapps, contesto el que me parece más importante, me salgo de casa corriendo en tacones, cierro y digo, que me falta, que me falta… Las putas llaves.”

 

Esto me enfurece,

Me preocupa,

Y me pone muy triste.

Mi padecimiento me ha hecho buscar ayuda por todos lados, todo tipo de terapias, de verdad he gastado dinero y tiempo en mi búsqueda.

He buscado, desde NY a México, e incluso una vez tuve a mi psicóloga semanalmente en Skype desde Filadelfia porque yo le resultaba útil para su research*.

*(una afamada escritora de libros de desastres en pareja, para la que yo era simplemente perfecta… otro día les cuento esta historia)

 

Hablar y hablar en sesiones, me resultaba exhaustivo,

me aburría de volada (yo me aburro rápido),

necesitaba algo distinto.

Y fue como llegue a la terapia cognitivo conductual,

La primera sesión quise salir corriendo, dije “tremenda pendejada”, pero decidí seguirle,

y que sorpresa me lleve cuando vi que esa pendejada funcionaba.

Me hicieron los exámenes reales para ver que pasaba en mi cerebro.

Adiós a los diagnósticos de “me late que tienes esto…” Yo vivo preocupada desde que me acuerdo, los domingos – desde que tengo 10 años – no duermo, vivo nerviosa, vivo pensando que algo muy malo va a pasar, y no es por un trauma de infancia, como lo dije, tengo un puto desorden de ansiedad.

Pero ya regrese con Liz que es una chingona y me pone en orden.

Es como el ejercicio de cada mañana.

Es una disciplina que nos hace mejores, que nos enseña a debatir los pensamientos enloquecidos con nuestra parte cuerda y decir,

¿Sofía te cae que tienes mucho miedo de que Diego se drogue? Tiene 10 años. Aguanta 4 más… y pasa a la siguiente preocupación…

A quienes les interese el tema, me piden el teléfono de Liz para que las arregle, y mientras tanto por favor lean el libro de Jenny Lawson,“Furiously Happy”, ella es una escritora maravillosa – que no tiene una enfermedad mental, las tiene TODAS – pero te lo cuenta de un modo brutalmente honesto y lloras de la risa con sus luchas diarias con el marido, con su hija, con sus doctores y con la vida.

Pero lloras.

Y de risa.

Que es la mejor manera de llorar.

“I’m having one of those rare days where I love people and all of the amazing wonder they’re capable of and if someone fucks that up for me I will stab them right in the face.”

 

Este también es de Jenny. Pero hoy me queda perfecto a mi.

Gracias por leer.