Estilo de vida

De codependencia y amor: para los que sufren y necesitan quererse

De codependencia y amor: para los que sufren y necesitan quererse
De codependencia y amor

Por: Sofía Aguilar

Hace muchos años, yo estuve en una relación codependiente, tratando de salvar a un adicto, que jamás me pidió ayuda.

Qué absurda es la vida, cuando crecemos –a golpes– es que nos vamos dando cuenta de que nadie salva a nadie, ni nadie nos salva a nosotros.

Y así cueste sangre, el día que asumes esto, mínimamente consigues la resignación. Me he acordado mucho de esta historia y de esa parte de mi vida, porque he andado muy introspectiva y además en los últimos meses, he estado leyendo acerca de temas que convergen en codependencia y adicción al amor; leyendo también mucho del déficit de atención en adultos; así como también leyendo las noticias obsesivamente, que son muy malas, por decir lo menos.

Me gusta mucho saber de distintas cosas, y los temas van variando por temporada, el otro día, incluso, le pedí a mi psicólogo el dr. M, que me diera algo para leer, algo que me ayudará a aprender más de mí y mis aflicciones.

Él me respondió,

“Sofi, tú ya no puedes leer nada más, de hecho necesito que dejes de leer. Necesito que te dediques un rato a la contemplación”.

Imagínense. Yo contemplando, quieta, sin hacer nada, observando las hojas verdes por la ventana y las tardes lluviosas de verano.

Es algo que siempre me ha resultado imposible, pero esa es mi tarea, así es que lo intento, y me cuesta sangre lograrlo.

Y en estos días de contemplar un poco, he estado recordando esa época mía en que sin decirle a nadie, acudí en un acto desesperado, a un grupo de Al-Anon.

No creo que haya quien no sepa que es eso, pero por si acaso, Al-Anon es un programa de ayuda para gente, cuya vida ha sido afectada por las adicciones de alguna persona cercana. Es anónimo como AA y son grupos de apoyo, en diferentes lugares de la ciudad. El que yo escogí fue extraño, lejano a casa, pues no quería que nadie supiera dónde iba y qué hacía.

La gente que me recibió y acogió era muy distinta a mí, con necesidades extremas, gente que sufría de muchas carencias, gente que era víctima de violencia física brutal.

Escucharlas hablar era durísimo, me estrujaba el corazón y cuando me alentaban a que tomara el estrado yo y compartiera mi historia, me daba mucha vergüenza; se notaba que mi vida era distinta, se notaba que necesitaba menos que ellas y eso me causaba mucha culpa.

Luego conocí a U. Ella llegó al grupo y me llamó mucho la atención porque era una mujer muy guapa y elegante, vestida toda de negro. Todas la abrazaron, la saludaron con cariño y le preguntaron cómo había estado su viaje.

U se sentó cerca de mí. Me observó sonriente.

Cómo es la vida, en ese momento cuando sentimos que hay alguien desconocido, pero que a simple vista ya sabemos que pertenecemos al mismo mundo, a un mundo pequeño y sobre todo lejano, para las demás mujeres del grupo.

Me daba vergüenza solo imaginar que ella estuviera pensando lo mismo.
Que éramos “iguales”. Pero me equivocaba. En esos grupos no se trata de dónde vienes y qué bienes posees.

Ahí todas las mujeres (y pocos hombres), están unidas por el dolor –y su propia adicción– a otra persona. Ese día tomó el estrado U, y contó un incidente que ya no se me olvidó nunca.

Su marido llevaba en recuperación de sus adicciones un año, pero la codependencia seguía viva. Su miedo constante a que él recayera, pues cada vez que estaba bajo el efecto del alcohol y las drogas, no regresaba a casa y se metía con otras mujeres, se le olvidaba el nombre de U, se le olvidaba el dolor que podía causarle.

Ni siquiera lo pensaba. Después se arrepentía, pedía perdón y ella lo perdonaba.
Pero las cosas habían cambiado, él había cambiado, y en su recuperación se había vuelto más frío y distante, carecían de la intensidad de antes, el enloquecimiento, el enojo, la furia, el dolor y luego la reconciliación, llena de fuego.

Esa energía que alimenta la codependencia ya no estaba ahí, y a ella le faltaba algo.
Ese día en específico nos contó que la noche anterior estaba en la cocina preparando la cena, y que él entró y la abrazó con mucha fuerza y le dijo: “Hoy siento que te amo muchísimo”.
Ella inmediatamente se soltó del abrazo y le dijo: “¿hoy?”
Él suspiró, se salió y la dejó sola en la cocina.
Ella estaba furiosa con ella misma, y decía:

“¿Por qué no pude aceptar lo que me daba hoy, por qué no me pude quedar en ese abrazo, por qué no me pude quedar con ese amor del presente; para qué necesitaba que me dijera que me quería en pasado y en futuro; por qué no puedo tomar solo lo que me está dando y agradecer ese momento?”.

Nadie te responde en el grupo. Tú hablas y todos te escuchan. O lloran contigo.
Yo lloré mucho con ella, con la mujer elegante que llego con su chofer, a mi recién conocido grupo.
Ahí ella era como las demás, igual que yo, luchando por aprender a quererte más, antes de intentar querer y cambiar al otro.

Hoy pensé mucho en ella. En ese día, lo que dijo y cuánto me tocó el corazón.
A veces cómo cuesta trabajo obtener menos de lo que “imaginamos que merecemos”, nos cuesta aceptar lo que la vida nos da, vivir en el presente, abrazando lo bueno y lo malo de cada día, sin juicios, solo dejándolo pasar.
A veces cómo cuesta trabajo detenernos y decir, con esto basta. Carajo.

No sé porque me dio por escribir esto hoy, quizás haya alguien allá afuera que necesite escucharlo, alguien que este sufriendo en silencio y necesite aprender a quererse un poco.