Hija de una marquesa, Carmen Díez de Rivera pasó un dolor terrible cuando le dijeron que el amor de su vida era también su hermano. Sin embargo, lo que hizo años después le quita todo halo de tragedia a su vida.  

Este 29 de agosto se conmemoraron los 78 años del nacimiento de Carmen, la cuarta hija de la marquesa de Llanzol. Era una pequeña encantadora, rubia de bellísimos ojos azules, como los de su padre, Ramón Serrano-Sunier, el poderoso ministro de Francisco Franco. Visto así podría parecer el inicio de el maravilloso cuento de hadas, pero no fue así.

Bueno, esto es en cuanto al amor, pues en su vida profesional Carmen fue una mujer exitosa que dejó una huella profunda nada menos que en la historia y la política de España.

Una complicada historia previa

La distinguida María Sonsoles de Icaza y León, hija de un embajador mexicano en España, se casó a los 22 años con Francisco de Paula Díez de Rivera y Casares, marqués de Llanzol, quien le llevaba 24. Tuvieron tres hijos y tenían un matrimonio relativamente estable (como se ve en la serie Lo que escondían sus ojos) hasta que a la vida de ella llegó Serrano-Sunier, quien además de ministro del dictador Franco era su concuño.

Era inicios de los años 40 y vivieron un romance apasionado que trascendió a través de chismes que muchas personas creyeron confirmar cuando ella dio a luz a Carmen, en 1942. El marqués le dio sus apellidos a la pequeña, la amó y trató como su hija; ella creció sin conocer la verdad hasta que esto sucedió de la forma más cruel.

Desde muy pequeña, Carmen y sus tres hermanos mayores convivieron con los seis hijos de Serrano-Sunier, incluidos sus veranos en San Sebastián. Al parecer los amantes seguían viéndose esporádicamente aun después del escándalo, del nacimiento del la hija y de los años. A pesar de esto, quizá para guardar apariencias, ni Sonsoles ni Ramón impidieron que sus respectivos hijos y la que tenían en común fueran amigos.

Cómplices desde niños

El escritor Luis Herrero cuenta en Dejé de pronunciar tu nombre (2017) que Carmen y Rolo (como le decían a Ramón hijo) empezaron a salir cuando eran adolescentes, pero desde los seis años jugaban juntos y comenzaron a tenerse un cariño más allá de la amistad.

En Lo que escondían sus ojos retoman la historia de los jóvenes en 1959, cuando ella tenía 17 años y planeaba casarse con Rolo. Sonsoles, según la serie, fue quien se dio cuenta pero a la vez se sintió impotente de decirle la verdad a su hija. Finalmente ella, que había padecido depresión, se enteró e intentó suicidarse. La serie termina cuando ella ingresa a un convento.

“En un instante pasé de estar plena, habitada por la persona a quien amaba, con la que había descubierto el primer beso, la piel y las estrellas, a la nada. El dolor interno fue inmenso, infinito. Yo noté que algo se me había roto dentro. Algo tremendo hizo crack. Noté ese ruido. Yo noté que algo se me había roto para toda la vida. Fue un dolor muy profundo. Se me partió el alma. Se apagó la luz. Me rompí por dentro. De repente, me quedé sin una sola raíz”. Esta cita de ella se lee en el texto de Herrero, desolador, ¿no?

En una entrevista en radio, Herrero dice que ella y Rolo siguieron viéndose durante cinco años más. Después Carmen enfermó y entre 1961 y 1964 estuvo en París y Suiza con “curas de sueño”, un tratamiento psicoanalítico que hoy prácticamente está en desuso. También estuvo un tiempo como monja de clausura (es decir que no se sale del convento ni se reciben visitas), después huyó a París y al final partió como misionera a Costa de Marfil aunque no por convicción. En Dejé de… se lee: ”Me fui a África porque, si no, no habría salido nunca de esa historia. No fui con ningún afán misionero. Fue un acto de desesperación. Como no podía suicidarme, a pesar de que lo pensé mucho, decidí irme a África porque estaba segura de que allí cogería alguna enfermedad que acabaría con mi vida. Fui a África en busca de la muerte”.

Carmen no murió, sin embargo, a partir de entonces ella misma comenzó a cambiar el rumbo de su vida y de qué forma.

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La musa de la Transición

Así fue llamada por el reconocido poeta Francisco Umbral, vaya manera de nombrarla. Y es que después de vivir esa complicada y tormentosa historia de amor, ella halló su sitio y me atrevo a decir que trascendió su dolor de una manera formidable.

En 1967, Carmen volvió de África. Era una época de cambios en el mundo, de mayor libertad, además ella había recibido una educación esmerada y por tanto era una mujer culta. Entonces, la joven de apenas 25 años comenzó a trabajar, quizá sin darse cuenta, a favor de la democracia en España.

La relación de Carmen con su madre seguía deteriorada si no es que rota, a tal punto que, según Herrero, Sonsoles la echó de casa. El autor narra que buscó apoyo entre sus amigos, entre ellos el entonces príncipe Juan Carlos (recordemos el estatus aristocrático de ella, además ambos se conocían desde niños), quien a su vez le pidió a su amigo Adolfo Suárez (quien después sería nada menos que el primer presidente del Gobierno de España) que la contratara en la Dirección General de Radiodifusión y Televisión, que él dirigía.

Sobre posibles romances con ambos personajes, Herrero cuenta que sin duda hubo posibilidades (y los rumores continúan hasta la fecha) y más con Juan Carlos, por supuesto, y que ella lo reconoció. Sin embargo, el autor el autor también señala que Carmen dio a entender (en sus memorias, escritas por la periodista Ana Romero) que ella nunca se involucraría con hombres casados. Herrero piensa que es muy probable que la relación extramarital de su madre, que tanto dolor le causó, haya influido en Carmen, y se entiende perfecto. Ella estaba dolida porque Sonsoles nunca fue sincera sobre su origen hasta que fue muy tarde.

Herrero contó en radio una anécdota que nos habla del carácter y la conciencia política de Carmen. Dice que cuando ella fue a ver a Suárez a su oficina y a pesar de que necesitaba el trabajo, le dijo que no iba a trabajar con él si antes no quitaba el cuadro que tenía ahí, que era de Francisco Franco.

Aun así, se dice que en ocasiones Carmen tuvo desplantes como la aristócrata que era, pues en una ocasión pidió que quitaran el aire acondicionado de un tren. Aquí hay que decir que ella también fue una activista en pro del ambiente.

Tras comenzar a trabajar con Suárez, Carmen se fue convirtiendo en su mano derecha, a tal grado que, en 1976, ella era la jefa de su gabinete, algo inusitado en la época y más en la España posfranquista. Y hay más al respecto, Carmen ha sido la única mujer en el cargo desde entonces, incluso en estas épocas de supuesta equidad de género. 

Esta mujer además fue una de las personas que más apoyó la legalización del Partido Comunista español, aunque esto suene raro en una persona que vivió con todo lujo en su niñez y adolescencia en un país devastado por la Guerra Civil y la dictadura.

En los años 90, la hija de la marquesa continuaba en el política, y fue eurodiputada. El libro de memorias El triángulo de la Transición, escrito por la mencionada Ana Romero, recoge esta cita suya: “La política no puede ser una profesión permanente o una renta vitalicia. Creo que hay que estar siempre en transición. Desgraciadamente, la clase política y la periodística en España están convencidas de que ya lo hicieron. Se equivocan”.

Respecto a su padre biológico, Ramón Serrano-Sunier nunca la reconoció; aun así, Herrero dice que en las declaraciones que Carmen dio a Ana Romero se vislumbra el respeto que le tenía. Rolo, el hijo de este, hermano y gran amor de Carmen, se casó en 1966 con la hija de los duques de Almodóvar del Río. Todavía vive, pero jamás ha hablado públicamente del tema.

Casi al terminar los años 90, Carmen padecía cáncer de mama, así que habló con Ana Romero para que escribiera sus memorias. Falleció el 29 de noviembre de 1999. Tenía solo 57 años y, sí, su historia podría parecer muy triste si nos quedamos solo en la parte de su amor por Rolo, sin embargo, que este amor haya sido imposible y que ella jamás se casara ni tuviera hijos no revela del todo a la mujer en la que después se convirtió y cuyo trabajo a favor de su país es mayor de lo que pudo haber logrado siendo “solo” una mujer felizmente casada con el hombre de su vida.

Al final, pienso que Carmen sublimó ese gran amor en una carrera política que hizo más por su país que cualquier otra cosa. Quizá al final sí murió de amor (se dice que un cáncer no da porque sí), pero parecería que sucedió cuando ella ya había hecho lo que le correspondía en este mundo, por eso su historia no es trágica sino extraordinaria.

#ReginaTeLoCuentaMejor