La princesa Alicia, madre de Felipe de Edimburgo, mostró con hechos todo lo que muchas royals de hoy hacen solo como parte de sus obligaciones reales. Te invito a conocer su cuento, que no fue de hadas pero sí inspirador.

Era bisnieta de la poderosa reina Victoria, y quizá ese estatus fue el que le dio el privilegio de nacer en el Castillo de Windsor, con la misma Victoria como testigo. Era el año 1885.

Alicia de Battenberg, descendiente de la tercera vástaga de la famosa monarca, fue la hija mayor de la princesa Victoria de Hesse-Darmstadt y del príncipe alemán Luis de Battenberg. Lo que pudo parecer una vida de cuento de hadas en ese momento comenzó a tomar el curso de una vida real (y a la vez extraordinaria) a los pocos años de su nacimiento.

Sus padres notaron que la princesa Alicia no aprendía con la misma facilidad y rapidez que otros niños. Era porque sufría sordera congénita. Pero su mamá canalizó esto de la mejor manera y, junto a un tutor, le enseñó el lenguaje signos y así aprendió a leer los labios en inglés, alemán, francés y, cuando iba a casarse, en griego, una lengua que años después iba a ser vital en su trabajo a favor de personas desprotegidas.

Así llegó a la juventud, y en 1902 conoció a su príncipe azul durante la coronación de su tío abuelo Eduardo VII de Inglaterra. Se trataba del apuesto Andrés de Grecia y Dinamarca, hijo del rey Jorge I de Grecia. Se casaron al año siguiente y se fueron a vivir a Atenas. Todo parecía maravilloso para la princesa.

Y así fue por aproximadamente durante 17 años. Alicia y Andrés tenían cuatro hijas (Margarita, Teodora, Cecilia y Sofía) y para 1921 un hermoso bebé, Felipe. En ese periodo, la princesa comenzó a vincularse a acciones de caridad como suelen hacer las royals, la diferencia con ella fue que este trabajo fue digamos que efectivo, pues jugó el rol de enfermera (con operaciones quirúrgicas incluidas) durante las Guerras de los Balcanes, entre 1912 y 1913. Todo esto dejó honda huella en su vida.

Llegó el año 1922, que fue terrible para la monarquía griega porque el país había perdido la guerra contra Turquía y los ciudadanos se volvieron contra el rey. En uno de los capítulos más conocidos en la vida de Felipe de Edimburgo, se cuenta que su familia lo sacó de Grecia en una caja de frutas, tenía poco más de un año de edad.
Ese hecho marcó el inicio de la ruptura familiar.

La locura del exilio

Alicia, Andrés y sus hijos llegaron a París, donde no la pasaron bien; ella trabajaba en un lugar para atender a refugiados griegos, algo que posiblemente no le costó mucho hacer en vista de su labor de caridad durante su vida en Grecia. Lo malo fue que comenzó a tener alucinaciones, a deprimirse, a decir que escuchaba voces divinas. En 1930 le diagnosticaron esquizofrenia.

Tan grave era su estado, que Andrés la llevó a Suiza, donde fue atendida nada menos que por Sigmund Freud, quien prescribió un tratamiento que, por decir lo menos, fue cruel: consistía en aplicarle electrochoques y rayos X en los ovarios para adelantarle la menopausia y eliminar lo que Freud consideraba una “libido descontrolada” debido a una frustración sexual… Alicia tenía 45 años.

¿Sabes qué fue lo peor de todo?

Que el objetivo no se logró y al final la princesa fue internada en una institución mental. Eso terminó con su familia.

Andrés la abandonó y se fue con una amante, sus hijas se casaron con oficiales nazis y Felipe, de solo nueve años, fue enviado a Reino Unido con su tío Louis, hermano de Alicia y quien para ese momento ya había traducido su apellido del alemán Battenberg al inglés Mountbatten. Esto revela el respectivo lado que les tocó vivir a los hermanos: él en un país aliado y ella, unos años después, en uno sometido por Alemania.

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Su vocación generosa

Alicia permaneció internada dos años en Suiza. De nada le sirvió alegar su cordura. Al salir empezó a vivir en refugios entre Alemania y Grecia. Vivía del dinero que sus hermanos le enviaban; una de ellas, Luisa, ya estaba casada con el heredero al trono de Suecia.

En 1937 la princesa vivió un gran dolor; su hija Cecilia, su yerno y sus nietos murieron en un accidente aéreo. Él era alto oficial del nazismo y el funeral fue en grande. Ahí, Alicia volvió a ver a sus hijos y a su esposo, pero Andrés y ella no volvieron.

Al año siguiente, Felipe la visitó en Grecia y ella le pidió volver a su lado, pero para ese momento el tío Louis ya lo había presentado con la nueva familia real británica: el rey Jorge VI, su esposa Isabel y las princesas Isabel y Margarita. Además fomentaba la carrera militar del joven. El futuro promisorio de Felipe comenzaba a gestarse.

Entonces la princesa se volcó a su trabajo de caridad en Atenas, y al estallar la II Guerra Mundial ayudó a personas pobres o perseguidas, como una familia judía a la que escondió en su casa. ¿Cómo lo logró? Con mucha suerte, sin duda, pero también vendiendo sus joyas, con el dinero que le enviaban sus hermanos, usando su sordera para evitar interrogatorios, por sus raíces alemanas y por ser suegra de oficiales de Hitler.

Aunque no vendió todas sus joyas, conservó una, la tiara de diamantes que había llevado el día de su boda y que le dio el entonces poderoso el zar Nicolás II, con el que su familia estaba emparentada. Pues bien, Alicia envió esta joya a su hijo para hacer el anillo de su compromiso con la princesa Isabel.

En esa etapa de su vida, Alicia ya había tomado los hábitos (años atrás se había convertido a la religión ortodoxa griega) y con ellos asistió a la boda de Felipe e Isabel el 20 de noviembre de 1947. Poco después fundó su propia comunidad, llamada Las Hermanas de Marta y María, con la que trabajó hasta que el dinero se terminó.

Era la década de los años 60, su salud y sus fuerzas estaban menguadas. El golpe de Estado en Grecia en 1967 fue el momento definitivo y aceptó la invitación de su hijo y su nuera para vivir con ellos en el Palacio de Buckingham.

Es este momento el que atrapa la tercera temporada de The Crown y en el que vemos parte de la filosofía de amor al prójimo y caridad que esta royal fuera de serie desarrolló a lo largo de años, así como el clic que hizo con Ana, su nieta. Falleció solo dos años después, a los 84 años.

Los años le quitaron a esta princesa el estigma de “rara” y “loca”, como mucha gente la calificó, como siempre pasa y sin saber los motivos o situaciones que las personas, en este caso Alicia, tienen que vivir.

Para empezar, en 1988 trasladaron sus restos de la cripta real del castillo de Windsor a la iglesia de Santa María Magdalena en el Monte de los Olivos, en Jerusalén. Era lo que ella deseaba.

En 1993, la comunidad judía la nombró Justa entre las Naciones, un reconocimiento por arriesgar su vida para salvar a varios de sus miembros.

El hijo que vivió separado de ella por años, Felipe, fue a Jerusalén a la ceremonia y así se refirió a Alicia: “Sospecho que ella nunca pensó que sus acciones fueran para nada especiales. Era una persona con una profunda fe religiosa y le debió parecer perfectamente natural y humano ayudar al prójimo en peligro”.

En enero de este año, durante una gira por Medio Oriente, fue su nieto Carlos quien le rindió homenaje, también en Jerusalén. El heredero al trono dijo ante su tumba que desde hace muchos años el altruismo de su “querida abuela” le sirve de inspiración.

Sobre la tumba, hoy se encuentra un estandarte real griego que Carlos mandó hacer para sustituir al original, que se encontraba estropeado.

Si yo fuera la cronista real en una época lejana de caballeros y cortes, le daría a esta princesa un título como el que se da a reinas y reyes, sería el de Alicia, la generosa.

#ReginaTeLoCuentaMejor