Desde hace mucho tiempo, mi buen amigo Rocky XVII me había querido llevar a conocer el restaurante Casa Merlos, de comida poblana, el cual se encuentra cerca del Hospital ABC de Observatorio.
Me comentó en varias ocasiones que se trataba ,sin duda alguna, del mejor restaurante Poblano en la ciudad, el cual conoció hace ya algunos añitos, ya que acompañaba a sus abuelos a comer ahí, quienes eran asiduos comensales y amigos de Lucila Molina, cocinera, chef y dueña del lugar.
La cita era al filo de las 2:30 de la tarde. Dentro de una casona bastante pintoresca de la Colonia Tacubaya, se encuentra este paraíso gastronómico. De fácil acceso y con ayuda del Waze, llegué al lugar sin problema alguno, es más llegué unos minutos antes de la cita acordada.
Un tapete en el exterior del local te recibe con la frase “Aquí se alimentan estómagos y se alimenta el alma”, el cual hizo que se me pusiera la piel de gallina de la emoción. Los que llegamos puntuales no pudimos contener las ganas de pedir unas chalupas a manera de botanita, mientras esperábamos a los demás comensales. Cinco tortillitas miniatura bañadas en salsa verde y roja: amor a primera mordida. Las mejores chalupas que he probado en toda mi vida, así de sencillo y miren que he probado cantidad.
La historia de Casa Merlos
Lucila Molina de Merlos, maestra cocinera tradicional, comenzó en 1970 preparando cazuelas de comida desde su casa de Tacubaya para eventos familiares.
Debido al éxito rotundo que tuvo, decidió abrir en 1985 un restaurante de auténtica comida poblana. Desde entonces y en la misma ubicación ha logrado fascinar y sorprender a propios y extraños. Su labor como cocinera e investigadora de los antiguos secretos de esta cocina, le ha permitido crear aportaciones a una gastronomía que data del siglo XVIII.
La chef Lucila comenzó a los 6 años aprendiendo en la cocina de su madre, ese gusto la llevó a preparar tamales, los cuales vendía para apoyar la economía familiar.
A los 17 años se casó con Juan Merlos, cuyo padre le compartió el conocimiento sobre la cocina poblana, la cual terminó convirtiéndose en su gran pasión. Recuperar recetas y el uso de ingredientes que han quedado en el olvido se volvió su misión. Doña Lucila menciona que “No podemos hacer a un lado el pasado, debemos de mantener viva nuestra cultura y qué mejor forma que a través de la cocina.”
En el 2016 fue reconocida con el molcajete de plata, presea que reconoce el trabajo en favor de la preservación y difusión de la cocina mexicana.
Nos comenta también que en la actualidad existe un gran desprecio por la cocina tradicional de México, mucha gente dice que es pesada y que engorda, a lo que ella dice que es una gran mentira.
Nuestro tour gastronómico en el mejor restaurante de comida poblana en la CDMX
Pronto llegarían dos entusiastas más a la mesa (llámeseles colados), los cuales pararon oreja y no dudaron en unirse a tan original plan. Ya con Rocky en la mesa y después de lanzar estrictas amenazas respecto a lo que teníamos que pedir, llegaría la hija de la chef a saludar y a ofrecernos un tequila de la casa, el cual claramente aceptamos de manera inmediata para no parecer melindrosos. Esos tequilas se multiplicarían como por arte de magia durante la comida y se convertirían en un gran maridaje de estos espectaculares manjares.
Dicho esto, pedimos a discreción varias órdenes más de chalupas. Por mi parte, había pedido también unas manitas de puerco, acto que logró que varios de los presentes pusieran cara de parto, sin embargo, estaban textualmente como para chuparse los dedos. Con todo y caras, las manitas desaparecieron como por arte de magia en tan solo unos cuantos nano segundos. Obviamente Rocky ni las volteó a ver.
Seguiríamos este tour gastronómico con un Pepián Verde, el cual es una de las especialidades de la casa. Es sin temor a equivocarme el mejor pepián que he probado en mi vida. Contaba con un balance como pocos, lleno de sabor, color, tradición e historia. Un pepián extremadamente fino y equilibrado, pero sobre todo delicioso. Definitivamente es todo un arte el poder lograr un guiso a estos niveles. Una completa gozadera culinaria y esto apenas empezaba.
A continuación, llegaría el momento del Sancarrón de Cerdo, el cual no es apodo de ninguno de los comensales que estaban presentes, sino que se refiere a la rodilla del animal y viene literalmente bañada en mole. Nos preparamos de inmediato unos taquitos con el sancarrón y unas tortillitas recién hechas, los cuales fueron una verdadera delicia.
Siguieron llegando delicias a la mesa
Llegaron a la mesa los Totopostles, unos bistecitos molidos en metate, también conocidos como Pacholas, un platillo de origen náhuatl. Este es un platillo con mucho sabor y el cual me remontó años atrás cuando las comía en casa de mi abuela.
Ya habíamos calentando motores, por lo que decidimos pedir un nuevo plato de pepián del cual no dejábamos de comentar y enaltecer, así como unos Envueltos de mole poblano mejor conocidas como enchiladas de mole. Qué cosa tan maravillosa. En verdad que este tipo de comida es una joya; los ingredientes, tradiciones y costumbres se reviven en este original lugar, en cada mesa y con cada comensal. Son un lujo al que no estamos acostumbrados y el cual no se reconoce como debería.
Mi buen amigo chiquilladas no se quería ir del lugar sin pedir un arroz con plátano macho, ya que según él, es muy arrocero. Pedimos también unos frijolitos de la casa y un par de platos más que nos sugirieron. Creo que para entonces prácticamente habíamos pedido todo lo que se encontraba en el menú, por cierto, seguían llegando los tequilas.
Lo que en un principio sería una comida rápida y sin mucho chiste, se había convertido en una degustación total de comida poblana y tequilas. Yo ya no llegaría al postre, sin embargo, mis regordetes amigos insistirían en pedir algo dulce a lo que simplemente tuve que pasar sin ver. Yo simplemente pediría una agüita mineral para ayudar con el abotagamiento total en el cual había incurrido y que me ayudara a no dormirme en el coche de regreso a casa.
Casa Merlos superó mis expectativas con creces
Escondida en medio de esta transitada colonia, cómo es posible que hubieran pasado tantos años sin que hubiera probado estas delicadas y deliciosas joyas de la gastronomía poblana. Regresaré pronto a probar el Manchamanteles y el Chile en Nogada cuando sea temporada. Y por qué no para darme vuelo con más chalupas y pepián verde a discreción. Una felicitación a doña Lucila por compartir su pasión por la comida de una manera tan especial y por su incansable labor de investigación. Fue un privilegio haber podido saludarla y probar este festín.
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