Así como les conté en mi entrega anterior, respecto a cómo y cuándo llegó a mi vida Luis Miguel, ahora es el turno de relatarles mi primera experiencia en vivo.

No sé si recordarán que les comenté que soy Argentina, razón por la cual no he visto a Luis Miguel las veces que hubiese querido, pues siempre ha dado conciertos en mi país, pero no con la misma frecuencia que en México. 

Siento una emoción incontenible cuando escucho a Luis Miguel profesar su inmenso cariño por Argentina, porque es un sentimiento que nació no solo por la relación incondicional con sus fans sino también porque aquí se conocieron y enamoraron sus padres… es más, se dice que fue concebido en estas tierras. 

Me resulta imposible relatar esta experiencia con la objetividad de mi adultez, ya que inevitablemente vuelvo a ser aquella niña cada vez que viajo a ese momento en el que viví sensaciones realmente únicas. 

La primera ocasión que lo tuve frente a mis ojos fue allá por el año 1984, y todo aconteció en mi ciudad, en el estadio de fútbol “Mario Alberto Kempes”, recinto que alberga unos 57.000 espectadores. Pero antes de proseguir con el relato de un día inolvidable, deseo confesarles que años después descubrí que ésta había sido su segunda visita a Córdoba. Resultó que mis padres nunca supieron acerca de un concierto que ofreció en un lugar bastante exclusivo, en el año 1983, y créanme que jamás superaré habérmelo perdido.

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Pero volvamos a 1984, al día que amaneció como cualquier otra jornada, con mi madre tratándome de liberar de los brazos de Morfeo porque siempre me ha gustado dormir hasta media mañana. Les aseguro que, de haber sospechado lo que aquel día me tenía preparado, la luz del alba me hubiese encontrado con los ojos bien abiertos. Pero al parecer aquella fecha no tenía ningún matiz diferente que me motivara a correr a vestirme, desayunar, y prepararme para mi jornada escolar.

De pronto, entre los gritos de mamá y la disputa de mis hermanos, alcancé a escuchar la voz del locutor de radio, de la estación con mayor audiencia en mi Córdoba Capital, anunciando la visita de Luis Miguel. Todo alrededor se desvaneció, mi corazón comenzó a latir con un ritmo acelerado, y de inmediato salté de la cama como quién corre por su vida tras un temblor, pues literalmente se me movió el piso. La carrera finalizó en el preciso lugar donde estaba aquel bendito aparato que me estaba haciendo la niña más feliz del planeta. Pegué mis oídos al parlante, y mi corazón se detuvo unos segundos cuando el locutor anunció, con bombos y platillos, queaquel jovencito que me tenía obnubilada vendría a la ciudad en muy poquito tiempo. Wow, ¡no podía creerlo!, por fin iba a conocerlo en vivo y en directo. 

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Mi mamá, que padece de fobia a las multitudes, me miró y dijo sin rodeos: “No cuentes conmigo”. ¡Ay!, ¿justo ella tenía que padecer este trastorno? “No es justo”, pensé una y mil veces. ¿No se daba cuenta que me estaba clavando un puñal en el alma? Pero al parecer tomó consciencia al ver mi rostro desencajado, así que prosiguió: “Búscate alguien que te acompañe”. Esta frase me devolvió el aliento de inmediato. Con 10 añitos no podía aventurarme a ir sola, así que hice un llamado a la solidaridad entre mis parientes, y un tío, a quien recuerdo con mucho cariño, respondió en mi auxilio con un “yo te llevo querida”. 

Apenas salieron los boletos a la venta nos dispusimos a comprarlos, lamentablemente no contábamos con el dinero que nos diera la posibilidad de poder disfrutarlo de cerca, pero lo realmente importante era estar ahí. Cuando tuve en manos aquellos tickets los guardé en mi cajita fuerte con llave, respiré hondo y suspiré, ¡Que felicidad!, ya tenía mi tan ansiada cita con ‘El Sol’.

Desde ese momento fui tachando los días en el calendario igual que un preso esperando su ansiada libertad, y les confieso que aún hoy lo sigo haciendo.

Por fin llegó la noche previa al show, así que intenté dormir temprano para lograr un buen descanso que me permitiera vivir a pleno aquel gran día cargado de emociones. Pero por más empeño que le dediqué, di mil vueltas en la cama. Intentaba contar las famosas ovejitas, pero mi mente sólo podía recrear una imagen: el momento en que Miky aparecía en el escenario. ¡Lo había imaginado tantas veces!, y estaba a unas pocas horas de concretar mi ansiado sueño.

Amaneció y esta vez no hubo discurso de mamá por escuchar, yo estaba levantada desde tempranito, yendo y viniendo desde el espejo al guardarropa, eligiendo el atuendo para ese encuentro tan especial. 

Cuando llegó el momento del almuerzo no pude pasar bocado, me suele suceder cuando algo despierta mi ansiedad, y definitivamente estaba revolucionada. 

Por fin el reloj marcó la hora de partida hacia el estadio “Mario Alberto Kémpes”. Al llegar entramos, previo a comprarme todo el merchandising que había, fotos, vincha, remera etc., y nos dirigimos hacia el sector donde estaban nuestros asientos, en una de las tribunas frontales al escenario. Cuando divisamos nuestros lugares los vimos ocupados, había una señora con otra niña y mi tío procedió a decirle que estaba mal ubicada, que se había confundido. Ella se negó a constatar lo que estábamos diciéndole y de inmediato comenzó a discutir con él. Que sí, que no, y la discusión pasó a mayores cuando la señora se violentó levantando el tono de voz. ¡Ay tierra trágame! Esa noche no quería pasar desapercibida para Luis Miguel, pero no quería que me identificara precisamente por hacer disturbios. En ese instante un policía se acercó, trató de calmar los ánimos y nos dijo (a mi tío y a mí) acompáñenme. ¡No podía creerlo! había esperado tanto tiempo por aquella cita, y la única que había conseguido, al parecer, era con el comisario de la seccional de policía. Estaba aterrada, no sólo porque jamás había tenido contacto con los uniformados, sino porque se me escurría entre las manos la posibilidad de ver a Luis Miguel

Pero las hadas estuvieron de mi lado en ese momento y me reservaron una gran sorpresa: el señor nos llevó al campo de juego, sector que estaba pegado al escenario y nos dijo, “Ocupen dos asientos y quédense acá”. Dios existe, ¡sí señor! 

Ya en nuestros nuevos y magníficos lugares, la cosa iba tomando su color. El estadio se llenaba cada vez más mientras coreábamos canciones para tratar de pasar el tiempo. Ya el aire olía aLuis Miguely no podía dejar de contar los minutos para que la magia comenzara, ¡Qué eterno se me hizo! 

Hasta que por fin se apagaron las luces y empezaron los acordes de una canción que no estaba en los discos, pero que sonaba majestuosamente bien. La intro daba pie para que Miky irrumpiera en el escenario, pero se hacía desear, por supuesto, y mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo. Cuando apareció me quedé estupefacta, y más aún cuando escuché la voz más dulce y angelical comenzar a interpretar: “Dicen que por las noches, no más se le iba en puro llorar, dicen que no dormía no más se le iba en puro tomar, juran que el mismo cielo se estremecía al oír su llanto, cómo sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando… Cucurrucucú… paloma… Cucurrucucú… no llores, las piedras jamás… paloma… que van a saber… de amores”.

Ahí estaba ‘El sol de México’ iluminándonos y cautivándonos con su luz. Se adueñó al instante del escenario, con una actitud avasallante, jamás vista para un jovencito de su edad. Sin dudas había nacido para dejar un legado, el que Dios le encomendó, transmitir con su música, con su voz y con su ángel un sinfín de sensaciones imposibles de describir.

Cuando uno hace algo por primera vez tiene los sentidos desarrollados en su máxima expresión, por lo tanto, mis oídos estaban empalagados con su voz, y mis ojos ni les cuento, atrapados por la belleza, elegancia y seducción de un jovencito que portaba un traje color pardo-rojizo aterciopelado.

Bailé, canté, ¡Cómo lo disfruté aquella noche! Fue como estar en el paraíso con los pies sobre la tierra, y es el mismo sentimiento que sigo experimentando después de casi 4 décadas. 

¿Qué fue y sigue siendo lo más triste? ¡Su partida! ese momento en que se despide de su público tirando besos al aire hasta un nuevo encuentro. Esa noche sentí por vez primera lo que luego se repetiría por siempre, una presión muy fuerte en el pecho y un nudo en la garganta ante la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tardaré en volver a verlo. Los próximos 7 días los viví a tres metros sobre el cielo, ¡Literal! recordando cada momento de esa noche mágica que me llenó de dicha y felicidad.

Así fue como aquella primera cita quedó marcada a fuego en mi corazón y, desde ese día, Miky se convirtió en el dueño absoluto de mis sueños. 

Durante todos estos años he vivido noches maravillosas a su lado, no solo en mi país sino también en el exterior, así que poco a poco les iré compartiendo mis experiencias, las que han sido mágicas porque a su lado siempre se hacen realidad cada uno de nuestros anhelos.

@euge_cabral

#ReginaTeLoCuentaMejor