Por: Tatiana Solana

En un artículo pasado escribí un poco sobre el tema del estrés que se ha vuelto una enfermedad silenciosa para casi todos los que habitamos las grandes ciudades. El tema es, ¿en qué momento empezamos a permitir que el estrés se apodere de nuestras vidas?
En la actualidad hay muchos niños que desde muy pequeños comienzan a sufrirlo por exigencias extremas del colegio y por la gran cantidad de expectativas que tienen sus padres sobre el futuro prometedor de sus pollitos.
Hay algunos que lo ven llegar cuando deciden la carrera que van a estudiar, y otros cuando comienzan su vida laboral. Lo cierto es que se ha vuelto casi una epidemia que arrasa con todos, sin importar edades o clases sociales.
¿Qué nos produce estrés?, ¿qué sentimiento yace bajo este enemigo sutil? Creo que, entre otras cosas, es el miedo a no llenar los enormes zapatos que queremos calzar. Es ahí donde surge mi pregunta: ¿Hasta dónde vamos a llegar para cumplir esas expectativas?
Veo a mi alrededor a muchos jóvenes que se matan por lograr infinidad de metas y demandas, caminando hacia un lugar al que yo misma me dirigí entre mi adolescencia y los 30 años. Sin embargo nadie me dijo que era una calle sin salida.

En este recorrido sin fronteras es donde muchos nos perdemos al padecer un constante estado de alerta, que deteriora nuestro sistema nervioso central, nuestra capacidad de dormir y descansar, lo que eventualmente nos puede llevar a una depresión considerable.
Vivir siempre ocupados y sobreestimulados por los medios de comunicación y por las trepadoras redes sociales nos mantiene en un estado de tensión durante una importante cantidad de horas diarias, que finalmente mina nuestra intimidad, nuestra paz y nuestra capacidad de gozo y bienestar.
Estas reflexiones pretenden abrir el corazón de los jóvenes para que bajen el ritmo de sus demandas, busquen lo que les haga felices, sueñen despiertos y generen el mundo que todos necesitamos. Este mundo requiere de una infancia y una juventud que sepan relajarse, darse tiempo libre sin ser esclavos de los celulares, el internet y todos los medios de comunicación que nos tienen presos en una adicción en espiral.
Necesitamos tiempo de meditar, de cantar, de tomar una copa de vino o un café con amigos, sin preocuparnos por estar disponibles para todo el mundo. Hoy es necesario que haya más gente feliz que gente urgida por llenar los zapatos que nos han puesto enfrente. Que no necesitemos tantos remedios para dejar de sentir el pecho apretado o para conciliar el sueño.
Es momento de replantearnos los ideales que queremos alcanzar y vivir cotidianamente, haciéndonos conscientes del daño que le hacemos a nuestra mente, emociones y cuerpo cuando vamos tan aprisa como lo demanda la vida actual.

#reginatelocuentamejor