arrepentimiento

En torno a los sucedido con el equipo de México del mundial, y todas las expectativas, me quedé pensando en aquel pobre hombre que metió un autogol en el partido contra Suecia y entonces también me quedé pensando en los autogoles nuestros de todos los días.

En especial los  autogoles que uno se mete en las relaciones de pareja.

Los autogoles se meten,  en el futbol, la política, el trabajo y el amor,  por miedo.

No creo que tengamos miedo del amor. Tenemos miedo de todo el bagaje que tenemos enganchado al amor. El miedo lastima. El miedo arremete. El miedo causa dolor y arrepentimiento.

Y el miedo causa autogoles de los cuales nos arrepentimos tanto que el insomnio se vuelve nuestro mejor amigo, pero el peor consejero. Ese amigo que te escucha desde su propia angustia y trama venganzas inútiles  contra rencores añejos y entonces todo sale mal.

Y el arrepentimiento, ah ese inútil, pensamos, es bueno para nada.

Pero hay que darle otra oportunidad al arrepentimiento.

El arrepentimiento puede ser uno de los recordatorios emocionales más poderosos, necesario para el cambio y el crecimiento. De hecho, he llegado a creer que el arrepentimiento es una especie de paquete: una función de la empatía, es un llamado al la valentía  y un camino hacia la sabiduría.

Al igual que todas las emociones, el arrepentimiento se puede usar de manera constructiva o destructiva, pero el rechazo total del arrepentimiento es erróneo y peligroso. “No me arrepiento” no significa vivir con valentía, significa vivir sin reflexión

Lo que más lamento en mi vida son los fracasos de mi bondad. Ya sea cuando causo  sufrimiento, o cuando otro ser humano estaba allí, frente a mí, sufriendo, y yo respondí fríamente y de manera lógica y sesuda.

El  arrepentimiento va de la mano con una idea engañosa en el corazón de cada relación funcional: que cuando amamos a alguien, no importan tanto sus sentimientos sino lo que  nos importa es “ganar”.

Al aceptar estar en pareja, asumimos una carga verdaderamente peculiar: aceptamos que nuestra felicidad será rehén de otra persona, y que no podremos seguir adelante con algunos de nuestros planes si simultáneamente estos hacen que nuestro compañero sea miserable. Y viceversa.

Cuando dos personas dejan de tratar de bloquear las voluntades del otro y se animan a darse cuenta de lo que sus respectivas victorias pueden hacer con los sentimientos del otro, deben recordar que lo que realmente les importa a ambos es, en última instancia, no esta o aquella victoria, sino la continuación y florecimiento de su amor. Y esto, sea cual sea el resultado de la lucha ocasional, es mucho más empoderador que tener el control total.

Ese control que no queremos ceder es el dueño de los autogoles.

Podemos acusar a alguien que nos dice que “puedes hacer lo quieras, pero si lo haces me vas a lastimar” de ser manipulador o “pasivos agresivo”. Lo que estos términos intentan es explicar y liberarnos de nuestra culpa; estamos desconcertados por la capacidad de nuestra pareja para lograr que entreguemos nuestros deseos tan solo porque el o ella juegan con nuestra conciencia.

Sin embargo, no es una señal de que estén jugando diabólicamente con nosotros cuando nuestro amante logra que lo escuchemos; es solo una prueba de que estamos en una relación funcional, donde el bienestar de la otra persona ha llegado a parecernos tan importante para nosotros como el nuestro. No es una señal de que hayamos caído en una trampa; es evidencia de que nos importa no hacernos autogoles.

Por: Vero García