Lo único que me gusta más que hablar de comida es comer.”

                                                                                                                                                John Walters

 

Desperté con el antojo de ir a comer al centro, hace mucho tiempo que no lo hacía y sabía que podía ser un día relativamente flojo en la chamba y eso significaba que me podría salir temprano y aventurarme a ir al centro de la ciudad a comer. El siguiente punto sería ver a donde, con quien y hacer un poco de investigación acerca de marchas, manifestaciones, encuerados con machetes o amigos del barzón amenazando la paz ciudadana, los cuales pudiesen impedir esta excursión.

Escoger el lugar fue fácil, amanecí con antojo de mariscos así que decidí que el Danubio debería de ser el elegido. Muy temprano en la mañana me escribió mi amigo “degreat” y con poco poder de convencimiento accedió a tomar parte en esta cruzada, pocos minutos después me avisó que también se había apuntado otro amigo en común; “el canelo”, el cual es un tipo de paladar y gustos exquisitos.

Una vez ya trepados en nuestro Uber y en camino a lo que debería de ser una comida magistral, recordé una vez más porque nunca voy al centro. En solo unas cuadras nos tardamos más de media hora, así que tras nuestra desesperación y un nivel de hambre importante, decidimos caminar las últimas cuadras hasta llegar a la calle de Uruguay casi esquina con Eje Central y así conquistar nuestro objetivo. Al cruzar la vieja puerta de madera del restaurante uno se transporta unos 30 años atrás en el tiempo. Tal pareciera que el tiempo no pasa en este lugar, nada ha cambiado, todo se mantiene igual, incluso pareciera inmune a la 4T.

Fundado en 1936, este recinto gastronómico mantiene su aspecto original y lo considero un lugar único en el majestuoso  Centro Histórico. Lo fundaron un par de vascos de apellidos Amundarain y Aragüena, y poco a poco con trabajo y dedicación crearon este inigualable lugar. Aquí todos los pescados y mariscos son frescos y se cocinan al momento; no me consta pero me dicen que siguen usando la misma estufa que utilizaban en 1936 con carbón y leña.

En las paredes se encuentran colgadas servilletas con firmas de famosos, influyentes, artistas y hasta Presidentes de la República. En ellas están también plasmados los muchos elogios hacia el lugar, la comida y el servicio. Tengo que admitir que iba con un poco de mello de que no fuera a ser el mismo lugar que recordaba de años atrás y fuera a salir un gran petardo.

Sin siquiera ver el menú, llegamos a ordenar unos boquerones, los famosísimos e inigualables langostinos a la plancha y una sopa verde para cada uno de los comensales. Para degustar y ante la insistencia de mi sibarita amigo canelo, pedimos un vinito blanco español para acompañar nuestros sagrados alimentos y nos dedicamos en cuerpo y alma a degustar plato por plato por los siguientes 60 minutos. Los boquerones simplemente de primera, a mí en lo particular me fascinan y por lo general en México me cuesta mucho trabajo encontrarlos de buena calidad; empezábamos bien la tarde. A continuación llego la estrella de la casa: los langostinos. Me resultó un tanto complicado el poder atacar de lleno al susodicho animal, ya que solo podía hacer uso de mi mano izquierda porque seguía dañadón de mi brazo derecho y era muy difícil utilizarlo. Al final resulte triunfador al poder disfrutar de tan emotivo crustáceo y constatar que seguían siendo extraordinarios, al igual que la última vez que visité dicho establecimiento, algunos lustros atrás. A continuación llegó uno de mis favoritos de todos los tiempos, la sopa verde de mariscos.  Servida en cazuela de barro y con perejil molido que es lo que le da el color, esta sopa es definitivamente una joya gastronómica. Al probarla no me quedó otra opción que levantarme de mi silla y aplaudirle al respetable por tan emotivo momento.

Llevábamos 3 de 3 y aún no veíamos que el final estuviera cerca. Volvimos a pedir el menú y esta vez escogimos un ceviche mixto, un pescado el cual no me encanto la verdad, tenía poca carne aunque de sabor estaba bien. De postre nos regalamos la última orden de almejas vivas y ostiones que tenía el lugar. Ante el desconocimiento de mi amigo degreat por lo que se conoce como el “rasurado” para  ostras frescas y su repele hacia la cebolla cruda, optamos por pedirlo por separado. El rasurado, le expliqué a mi querido amigo panzón que es una salsita a base de cilantro, cebolla y chile verde, con limón y salsa Maggi e inglesa, a la cual muchas veces se le agrega un toquecito de aceite de oliva. Una verdadera pachoches.

Una vez más quede fascinado con este fabuloso lugar. Es verdaderamente una joya que no pasa de moda, no envejece y sigue ofreciendo gran calidad en su cocina.  Me dejó un grato sabor sabor de boca el constatar que en un lunes cualquiera, el lugar hubiera estado lleno y con un público tan diverso. El Danubio forma parte de una tradición gastronómica en el Centro Histórico de la Ciudad de México, especializado en pescados y mariscos y aunque para muchos de nosotros representa una odisea el poder llegar, al final se verán recompensadas nuestras barrigas.

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Valdría la pena que varios de los que se creen restauranteros y ponen lugares “trendy” en las zonas de moda de la ciudad se den una vuelta por este tipo de lugares y aprendan la esencia de un verdadero restaurante.

@huey_tlacuali