“Que tu alimento sea tu única medicina.”
Hipócrates

El sábado pasado, después de poco más de 6 meses sin vernos, nos invitaron a comer nuestros buenos amigos la “Roja Red” y el “Cachetón Loco”. Ambas familias sabíamos lo precavidos que hemos sido, las precauciones y sanas distancias que hemos tenido durante esta pandemia, por lo que aceptamos la invitación a degustar los sagrados alimentos en su casa y de paso aprovechar para que los niños se despejaran un poco y pudieran convivir con otros niños de su edad y poder dejar por unas cuantas horas su IPad, la cual cabe aclarar que me está volviendo completamente loco. Mis únicas tareas consistían en llevar una botanita, una botella de vino y un postre (como he comentado con anterioridad, en cuestión de postres me considero analfabeta y por lo mismo le pasé la batuta a la señora de la casa para dicho encargo).

Un día antes del emotivo encuentro, pasó por mi casa mi habitual distribuidor de productos frescos “gourmets”, el cual traía entre su muy diversa canasta, unos impresionantes espárragos recién cortados y cuitlacoche fresco. No dude en comprarlos ya que eventualmente se me ocurriría alguna idea para su preparación, ya fuera para uso local o para llevarlos a casa de nuestros amigos.

Es oportuno aclarar que el Cachete Loco es un tipo de diente fino, amable y educado. Siempre en busca de un platillo que lo sorprenda, algo novedoso o simplemente algo rico. Sabe de comida y bebida, por lo que no es cosa fácil el sorprenderlo. En cuanto a la Roja, ella al igual que él es de buen diente, aunque eso sí, un poco más refinada que nuestro amigo, gracias a Dios.

Compré masa para tortillas y guisé el cuitlacoche esa misma mañana. Me gusta usar epazote con el cuitlacoche, es más creo que es cuasi obligatorio su uso ya que le da un sabor sumamente particular e incomparable. Me ayudaron a preparar unas ricas quesadillas con queso fresco del mercado, a las cuales les agregué con sumo cuidado el cuitlacoche, a las tortillas les puse un poco de aceite para hacerlas un poco más grasosas de lo normal, esto ayudaría a que sudaran un poco en su trayecto a la casa de nuestros amigos y estuvieran más ricas de lo normal. La otra botana la prepararía en su casa para que estuviera en su punto.

Al llegar a su humilde morada los niños simplemente desaparecieron de nuestros ojos. Saludamos al “Pollo”, hermano de La Roja y a “Tyson” y la “Cangura”, quienes llevaban la semana completa visitando y escapando así del confinamiento en la CDMX. La chaviza ya se encontraba para entonces en la alberca, otros más andando en bici, unos más jugando con los perros (incluido Chester) y algunas más dando marometas en el brincolín.

El Cachete loco nos recibió con un Vermut 2 PM con mucho hielo y una rodaja de naranja, así como se acostumbra en la madre Patria; fresco y dulce, lo cual hace un perfecto digestivo para un día de calor. Yo por mi parte, tomé mi bebida al igual que mi itacate, donde traía la botana y me retiré a la cocina a preparar mi numerito. Es siempre incómodo el llegar a una cocina ajena en la que no sabes que utensilios tienen y dónde están, así como ingredientes extras que pudieses llegar a necesitar, sin embargo muy amablemente se me ayudó a sacar lo necesario y puse las manos a la obra.

Lo primero que debía de hacer era calentar un poco las quesadillas en el horno y sacar una salsita emulsionada de chile serrano que había preparado esa misma mañana, la cual le quedaba como anillo al dedo a ese cuitlacoche.

Por otro lado puse a cocer una chistorra, blanquee mis espárragos y busqué una cazuela en donde servir mi menjurje. Desde hace varias semanas traía antojo de alubias y de pura casualidad encontré unas que ya venían cocidas y en una especie de salmuera, por lo que las colé y coloqué en la cazuelita. A continuación piqué mis espárragos en trozos no tan pequeños y al estar simplemente blanqueados, seguían manteniendo sus principales propiedades y al mismo tiempo estaban firmes y tibios.

Agregué a continuación la chistorra rebanada en trozos pequeños, la cual agregaría cierta grasa al plato y sus
aceites ayudarían a aderezarlo, proporcionando algo de temperatura y un toque crujiente al plato.

Para finalizar y no menos importante, remataría con dos burratas espectaculares en todo lo alto, un poco de aceite de oliva, sal de mar y pimienta fresca; lo único que faltaba era cruzar los dedos para que este invento les gustará a nuestros anfitriones.

Presenté las botanas y las hostilidades se decretaron inauguradas. Tyson se enfocó en las quesadillas, mientras que la Roja servía la burrata a discreción. Por la sonrisa y la forma como se le inflaba el cachete a nuestro anfitrión sabía que íbamos por buen camino. A esta altura de la tarde el carbón se encontraba a punto de turrón, por lo que me tomé la libertad de abrir la botella de vino que había prometido llevar.

Un tempranillo de Valle de Guadalupe de nombre Santos Brujos, añada 2017;

una muy grata sorpresa y un gusto encontrar cada vez más vino Mexicano bueno y de buena calidad. Maridaría perfecto su uva tempranillo con la carne que vendría a continuación.

El Cachetes ya con el mandil puesto, el cual cabe aclarar que pareciera que tiene tatuado, no importa si esté cocinando o no, comenzó a hacer magia con unos cortes que colocó en la parrilla. La Roja por su parte ya tenía preparado todo lo demás, incluida una deliciosa ensalada, que mucha falta haría unos minutos después para nivelar la cantidad de proteína que ingeriríamos.

Salieron los primeros exponentes. Un Petite Filet y un New York, los cuales una vez que están listos, nuestro abotagado anfitrión los pone a reposar en una cama de sal del Himalaya. Según él es un tip que le pasaron unos monjes tibetanos, a lo que yo respondí que nunca había visto a un monje comer carne y menos de esas dimensiones, pero en fin, lo importante aquí era el resultado final: espectacular, suave y en su punto. Ya con nuestras bendiciones, el Cachetes no pararía de sacar carne por la siguiente hora.

Unos minutos antes de llegar al coma alimenticio, decidimos parar y así dejar un poco de espacio para los múltiples postres que nos esperaban: un espectacular Key Lime Pie congelado y una Delicia de Campechanas de Valle de Bravo, un postre que como su nombre lo dice esta hecho con campechanas (una pasta fina típica de Valle de Bravo), helado de vainilla y cajeta. Sabíamos que necesitaríamos grúa para salir de ahí.

La tarde continuó entre risas y copas de vino. Más tarde llegaría nuestro amigo el “Tsuru”, lo que significaría que la tarde se alargaría aún más. En medio de un gran aguacero y ya entrada la noche, la Red nos tendría una última sorpresa. Sin mucho aspaviento, llegó un señor a sentarse a un costado de nosotros a tocar la guitarra acompañado de un amplificador y un micrófono. Unos minutos después, estaríamos todos bailando y cantando entre canciones de Juanga, Mijares, pasando por Delgadillo, José José y Jose Luis Perales, para nombrar solo algunos de ellos. Una pachoches sin lugar a duda.

Varias horas después el cantante pidió tregua y mi cuerpo también lo hizo. Dimos las gracias, juntamos nuestras chivas y partimos con dolor hacia nuestra morada, no sin antes agradecer por las finas atenciones, la excelsa comida, las risas y sobre todo por la gran compañía de esa tarde, que mucho se extraña en estas épocas.

Al día siguiente, en el día del Señor, la idea era el aprovechar el día en familia, no hacer absolutamente nada y tratar de estar el mayor tiempo posible en posición horizontal. Así fue por la mayor parte de la mañana. Para la comida y ante los excesos del día anterior, decidí que el menú sería lo menos agresivo posible. Comimos una muy sabrosa sopa de flor de calabaza y unos taquitos de pastor hechos en casa.

Para el final de la comida comencé a sentir un dolor en la boca del estómago, mi primer pensamiento fue obviamente exceso de comida o que algo me podía estar cayendo mal, por lo que me paré de la mesa y me retiré a la sala donde el dolor se volvió simplemente insoportable y básicamente me dobló.

No podía respirar bien y tampoco podía hablar, no encontraba ninguna posición para aliviar tanto dolor. Sudaba frío y ante el aterre total de toda mi familia, incluido Chester, la primera decisión fue la de llevarme a la Cruz Roja, la cual debido a la pandemia, resultó ser una mala opción. Lo único bueno fue que para entonces el dolor repentinamente había desaparecido.

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Llegamos con otro doctor que nos pudiera indicar la causa de tanto dolor y éste nos recomendó ir a hacer un chequeo lo más pronto posible, ante lo que pudo haber sido un infarto o algo parecido.

Esa noche terminamos en Urgencias del ABC lo cual nunca es bueno, ya se podrán imaginarán ahora en épocas de Covid. Para nuestra sorpresa y después de un examen rápido pero exhaustivo para dejarnos entrar al área de Urgencias, encontramos un ambiente colapsado, pero muy seguro y con controles extremos, lo que nos generó bastante tranquilidad. Después de varios exámenes nos confirmaron que estaba bien del corazón y de otros órganos vitales, así que nos invitaron a retirarnos a nuestro hogar, no sin antes pagar los honorarios por las atenciones recibidas.

Mis papás no dudaron durante todo el proceso en hablarle a nuestro doctor de cabecera y platicarle del desagradable evento, a lo que él respondió tajante que lo que yo había vivido tan sólo unas horas antes, había sido un dolor de vesícula y no un infarto al corazón. Por lo que sugirió realizar un ultrasonido, el cual realicé al día siguiente. Durante el ultrasonido encontramos la razón de mi malestar: piedras en la vesícula. Parecía una bolsa de canicas, es más, con esa bolsa en la primaria hubiera sido el niño con más canicas de toda la escuela.

Fuimos con un especialista y coincidió en retirarla lo antes posible. Sin embargo en épocas de Covid las reglas cambian (como en Big Brother) y resulta ser que no pueden programar ninguna operación hasta estar seguros que uno no tiene el famoso bicho. Al día siguiente me hicieron la prueba más desagradable que me han realizado en mi vida para asegurarnos de que no estaba contagiado, te meten unos hisopos por la nariz que llegan lo más cercano al cerebelo para tomar pruebas, sumamente molestos. Luego unos Q-tips tamaño Godzilla que te meten por la garganta, a lo cual no sé cómo me
contuve para no vomitarle a la amable enfermera que no le bastó usar uno, sino dos, los cuales sentí que me llegaron hasta el píloro.

Llegaron los resultados negativos como se esperaba y eso me dio luz verde para la operación, la cual no dudé ni por un segundo. El viernes fue el día “D”, la cirugía se llevó a cabo sin ninguna complicación gracias a Dios y yo pasé la noche en el hospital bajo observación para evitar alguna complicación posterior. Antes de dormir degusté un menú de 3 tiempos el cual consistía en un sándwich de pavo, a lo que debo de enfatizar que eran literalmente dos panes tostados con una rebanada de pavo, una manzana hervida bastante buena cabe aclarar y finalizamos con una gelatina tipo hospital: inolora,
insípida y casi incolora.

La noche pasó sin ningún contratiempo, sin poder conciliar el sueño, pero sin contratiempos. Para las 8 de la mañana el doctor ya había pasado a inspeccionar a su paciente, osease yo, y en tan solo unos minutos ya me encontraba dado de alta. Mientras me alistaba a salir, esperaba con ansias el obligado desayuno de hospital: claras de huevo con pavo, un plátano y un té de manzanilla. Una vez finalizado mi tentempié, salí por patas rumbo a mi casa y con la intensión de reposar mis carnes por lo que restaba del fin de semana.

Dieta blanda fue la recomendación del doctor y así intentaría hacerlo por convicción. Sin embargo cual sería mi sorpresa que al llegar a su casa y justo antes de comer mi tan ansiado consomé de pollo, estaría llegando a casa una caja de tamaño nunca antes visto con tortas surtidas de “Lerdo”. Para los que no saben a qué me refiero, las “Súper Tortas de Lerdo” tienen su origen en Toluca “La Bella” en el año de 1968. Son consideradas por mucho lugareños como las mejores tortas de la ciudad. Mole verde, milanesa, jamón con queso entre otras. Me da mucha pena pero tengo que realizar una dolorosa
confesión acerca de mi comportamiento ese día, ya que pequé y probé una torta de milanesa.

Perdóname señor por no tener la fuerza suficiente, pero no me pude aguantar y me encontraba bajo sufrimiento y dolor. Que cosa tan más reconfortante, yo no hago yoga pero el sentimiento debe de ser muy parecido. Sin lugar a duda de las mejores tortas de Toluca. Por cierto, ahí fue donde se inventó la torta de chile macho, que es sin lugar a dudas una de mis favoritas de todos los tiempos.

Sigo en reposo y con una dieta bastante disciplinada, a pesar de aquel penoso episodio. Esperando con ansias el fin de semana para poder introducir a mi organismo un poco de grasa y tomarme una copita de vino, en espera a que el doctor me dé de alta y estar una vez más al 100%. Eso sí, aunque suene trillado, siento que falta una parte de mí. Espero no extrañarte de más… mi muy querida y dolida vesícula biliar.

 

@huey_tlacuali

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