“Viaja, pues la vida es corta y el mar es enorme.” Anónimo

A los malos tiempos también se le puede sacar provecho y así decidimos hacerlo la semana pasada. Resulta ser que estuve trabajando remotamente, al igual que mis hijos asistieron a clases virtuales desde Ixtapa, Guerrero. Ni en mi más retorcido sueño hubiera sido eso posible, pero hoy en día es una realidad. Habíamos decidido esperar a ver qué iba a pasar con el regreso a clases, el cual como todos ustedes ya saben, nunca ocurrió y quien sabe cuándo suceda. Decidimos empacar unos cuantos trajes de baño, agarrar las mochilas de la escuela, los IPads cargados al 100 de pila y yo con una caja de jabón Zote (que tantas veces en mi vida critiqué en los diferentes vuelos en que lo presencié) con dos monitores, un teclado, un mouse y demás herramientas que me permitieran realizar mi trabajo con la mayor libertad y precisión posible en tan privilegiado lugar.

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Rentamos una casa cerca de las Brisas, justo donde comienza Ixtapa. Aquí el paisaje es irreal, por un lado un acantilado con vista perfecta al pacífico y por el unas montañas verdes selváticas repletas de vegetación. El contraste de colores es perfecto. Los único que se escucha es el del agua de la fuente que cae sobre la alberca y a lo lejos las olas reventando en gigantescas rocas. Con una marco como éste, no existe pretexto alguno para queja alguna, salvo por los moscos, que ante una tormenta que ocurrió antes de que llegáramos, están a tope en busca de sangre y venganza.

Debido al Covid, cada vez hay menos vuelos que lleguen a este destino,

lo que complica la logística y es una verdadera pena ya que Ixtapa necesita más que nunca de turismo y apoyos económicos.

Una vez instalados en lo que sería nuestro hogar por los siguientes días, nos pusimos el traje de baño, las chanclas de pato y nos dirigimos de inmediato a uno de nuestros lugares favoritos: La Perla. El restaurante “La Perla” está ubicado en la playa la ropa en Zihuatanejo. Para mi gusto, la mejor playa
de la zona y donde nuestro buen amigo Chano ya nos tenía preparada una mesita sobre la arena, lo que permitiría el poder darnos un verdadero festín, tomarnos una cerveza bien bien fría y un tequilita blanco para contrarrestar el inmundo calor. Sin lugar a duda lo mejor del lugar son las almejas Chocolatas recién sacadas del mar, las cuales hay que apartar y por desgracia no siempre hay, las tiritas de pescado son también un clásico del lugar; una especia de ceviche de la región a base de tiritas de pescado blanco con cebolla morada y limón, una verdadera delicia. Y por último la magnífica ubicación de este lugar.

Los niños comen, se meten al mar, vuelven por más comida y se vuelven a meter al mar. Siempre teniendo cuidado del famosísimo calambre del cual vivíamos aterrados cuando éramos chicos, del cual nos platicaban padres y abuelos que no podíamos nadar sino después de que pasaran más de 2 horas después de haber comido o podías quedar engarrotado en la alberca o el mar. Yo simplemente preferí echarles un ojo desde mi humilde mesita de playa y cualquier cosa me disfrazo de los guardianes de la bahía y me aviento un chapuzón en casi de emergencia (lo único que hubiera faltado habría sido el body).

Pía, tenía ganas de subirse al parachute, a esta moción se unió también mi chavo, por lo que la doña fue a preguntar con el brodi del parachute para asegurarse que nada les fuera a pasar a sus preciadaos cachorros. Ante la negativa para que ella se pudiera subir con cada uno por separado y poder
protegerlos de cualquier eventual accidente, terminaron subiéndose al parachute mis dos chavos al mismo tiempo. Primero con un poco de temor, pero luego con una cara de felicidad que no podían con ella. De regreso y como premio por su hazaña, nada más y nada menos que un buen helado de fresa y de regreso a la casa a tomar un buen baño de la mano de unos amigos cangrejos que se encontraban dentro de la regadera, a lo que una vez más la doña y los niños pegaron un grito de antología, que hubiese parecido que su vida estuviera corriendo un grave peligro. En esta casa las regaderas son al aire libre, esto no quiere decir que te ve todo mundo, pero eventualmente se puede colar uno que otro cangrejo como en esta ocasión.

Para el lunes y muy temprano por la mañana, ya se encontraba toda la familia conectada y realizando sus respectivas actividades. La verdad es que resultó sumamente cómodo y agradable, especialmente por el clima y la vista que teníamos. Una vez que acabados nuestros múltiples deberes, un chapuzón y a comer. El menú era diverso: pescado a la talla, pescadillas, camaronillas, tiritas de pescado, camarones empanizados, de todo y para todos los gustos. Como dicen por ahí, en el mar la vida es más sabrosa y sí que lo es.

Las tardes son ideales para descansar, nadar o simplemente ver una buena serie o película con la familia. Otra tarde fuimos a la playa de las Brisas a que los niños usaran su tablita para las olas, sin embargo como es la playa de un hotel, las medidas de protección contra el Covid se hacen bastante
tensas e incomodas sobre todo estando en la playa. Es un tema que ojalá poco a poco empiece a mejorar porque no es el mejor plan para disfrutar del sol, el mar y la playa.

El miércoles en la noche salimos a cenar al Kau Kan, el cual tiene una nueva locación frente al mar con tan solo 6 mesas.

El lugar es inmejorable, sin embargo está a merced del clima por estar al aire libre, habiendo dicho eso, a nosotros esa noche nos fue increíble. El menú cambia todos los días y los ganadores de la noche fueron las almejas, una sopa de frijol con chipotle espectacular, los camarones a la parrilla y la mantarraya en mantequilla negra con alcaparras. Un lugar altamente recomendable en el que Ricardo, quien es Chef y dueño, atiende de una manera personal y agradable y complace a todos con su deliciosa comida.

Al día siguiente decidimos regresar a comer una vez más a La Perla, mismo show: comida, cervezas, vino, parachute y helados. Sé que no es temporada alta, pero todavía se siente un poco el miedo a la pandemia y la poca actividad económica se percibe no solo en la industria restaurantera, sino en general.

El viernes decidimos no salir ni a la esquina de la casa y disfrutar de ella al 100%. Ya le había echado el ojo a una parrillita que tenían en el comedor, por lo que compré con antelación un filetito de res, unas cebollitas de cambray, unas salchichas alemanas, una langostita y obviamente carbón para poder encender la party. Cocinar es siempre una dicha, se disfruta en donde quiera que estés, pero cocinar en la playa siempre es mucho mejor; uno se relaja, se divierte y lo disfruta al máximo. La langosta a las brasas con mantequilla, limón y finas hierbas siempre es un gran espectáculo, más si se acompaña de una salsa tatemada de habanero, unas tortillitas recién hechas a mano y un vino blanco del Rancho Mogorcito.

Esa misma noche y ante el aviso de posible tormenta, optamos por pedir unas pizzas para cenar y acabar de abotagarnos al máximo. Creo que junto al sushi, las pizzas son de los favoritos de mi familia. Un amigo local me recomendó pedir en Emilio’s Pizza, las cuales tienen servicio a domicilio y resultaron estar buenísimas. Pedimos una de queso y otra de pepperoni con salchicha alemana y pimiento verde y así como llegaron volaron. Muy buena recomendación.

Los vientos huracanados se dejaron venir esa noche sin complicación alguna, salvo una cantidad infinita de ramas, plantas y demás objetos (incluidos un balón de americano) que amanecieron regados por todo el jardín y la alberca. Una lluvia torrencial y truenos que no dejaban dormir. Pero no pasó de eso.

Para el domingo la despertada fue de madrugada. Teníamos que salir a pescar a las 7:30 de la mañana y no debíamos llegar tarde si nuestra intención era pescar un buen espécimen. Llegamos como ingleses a la marina donde el capitán de la embarcación nos estaba esperando con una amplia sonrisa y muchas ganas de triunfo. La salida sin embargo fue más dura de lo esperada y es que el mar seguía bastante picado por los fuertes vientos de unos días antes. Nada que no se pudiera remediar con una siesta contundente por parte de todos aquellos que sufrimos algún tipo de mareo y así tratar de evitar regresar la langosta de unos días antes a su hábitat. Ya para las 10 de la mañana todas las líneas de pesca se encontraban en el mar, diferentes anzuelos, carnadas, llama-peces y demás juguetes y artefactos para pescar cumplir con nuestro objetivo.

Picó un Vela, el cual se soltó de inmediato ante nuestros ojos. Eso no nos desmotivó y seguimos intentando, eso si ya con una Victoria bien fría en la mano y unas carnes frías que tuvimos de desayuno. Volvió a picar, pero en esta ocasión fue un Dorado, el cual sin mucha pelea lo único que hizo fue quedarse con nuestra carnada fresca y seguir su camino. Minutos más tarde un pelicano pico un anzuelo y enredó su ala con la línea de pesca, unos cuantos minutos después pudimos rescatar a la infortunada ave y dejarla emprender su vuelo una vez más. Otro pez picó y nuevamente no hubo suerte, ante nuestra frustración decidimos regresar a playa Manzanillo, soltar ancla, aventarnos unos buenos clavados y probar un atún hecho por el capitán de antología: un poco de soya, limón y cebollita morada, mejor que en cualquier restaurante. Con esto dimos por acabado nuestro fallido día de pesca.

Desgraciadamente nuestra nueva modalidad de vacaciones llegó a su final y ante la tristeza de todos los integrantes de la familia tuvimos que partir con dolor y despedirnos de tan maravilloso lugar, esperando poder regresar pronto y disfrutar de nuevo, más como vacaciones que de trabajo y estudio.

@huey_tlacuali

#ReginaTeLoCuentaMejor