Un taco al día es la llave de la Alegria”

Anónimo

Hace unos días recibí una llamada de mi buen amigo “Motor”, quien lleva ya varias primaveras viviendo del otro lado del charco. Me comentó que venía a la CDMX por unos días y tenía antojo de echarse un buen taco. Insistió en que confiaba ciegamente en mi criterio y me pidió que reservara en el lugar que más se me antojara. Esta responsabilidad me llenó de preocupación ya que la tarea no era fácil, ya que vale la pena aclarar que mi amigo “Motor” es un diente fino y refinado, de alta capacidad de almacenamiento, de garganta agradable y aventurera y de varias estrellas Michelin en su haber, pero sobre todo de alto contenido graso; por esto la decisión de a dónde ir a echar el taco era un reto que pondría a prueba mi conocimiento en este noble y fiel antojo.

Es propio exponer que el taco no es un tema menor en una ciudad del tamaño y diversidad como la nuestra. Las opciones con respecto al taco son infinitas y en la mayoría de los casos la experiencia será sumamente exitosa. Uno deberá preguntarse que tipo de lugar necesitará para degustar este sagrado alimento y eso dependerá entre otras cosas de la zona, el tipo de taco que uno pretenda atacar, si se necesita mesa, barra o será en un puesto en la calle, o más aún si uno hará sobremesa. ¿Se necesitarán aguas locas, bebidas adulteradas,  gaseosas o simplemente aguas de sabor para pasar el bocado?

Me vinieron a la mente lugares como El Tizoncito en la Condesa con unos de los mejores tacos al pastor de la ciudad, el Turix en Polanco con su majestuosa cochinita servida en taco, torta o panucho y hasta el Lago de los Cisnes, lugar fifí por convicción pero que siempre saca de un apuro al turista que busca más higiene que sabor. Sin embargo ninguno de esos lugares llenaba mis expectativas por alguna u otra razón. ¿El Parnita, por qué no? La verdad es que me da un poco de pena aceptar que nunca había visitado esta famosa antojería ubicada en la hipsteriana Colonia Roma, pero como dicen por ahí, nunca es tarde para hacerlo. Así que la decisión estaba hecha y quedo agendado el compromiso.

Llegó el día esperado y a la mera hora se nos unieron un par de comensales más: “Chiquilladas” y “el Comal”. Así que como decía mi granny: “Se había armado una mesa muy sabrosa”. A mi llegada a este santuario adorador de la Vitamina T, “el Motor” ya me esperaba con un Clamato perfectamente preparado y dos opciones diferentes de mezcales a escoger, uno de agave serradero y el otro de mexicano; me incliné por el primero. La tarde prometía en demasía y eso que la mesa aún no contaba con todos sus integrantes, esto me dio algo de tiempo para poder echar un vistazo al lugar, a su gente y a sus demás comensales. Me encontraba en un lugar diferente sin lugar a duda, casual y cero pretensioso.

El Parnita más que una taquería es una antojería familiar, una especia de fonda gastronómica en donde todos los detalles están finamente pensados y han sido tomados en cuenta. La decoración es urbana, con un toque rústico y surrealista; definitivamente un lugar único y muy original. En las paredes se encuentran fotos del “Partner” con diferentes celebridades a manera de decoración, así se le conocía al padre de Paulino, Nicolas y Bertha, quienes junto a su madre Beatriz Acra son los dueños y encargados de este conocido lugar.

A manera de tentempié y para poder esperar a los demás con menos ansias, pedimos a nuestro amable mesero una Chistorra Mexiquense con queso y el Trio de Tlacoyos especiales, servidos con lomo y pierna de cerdo.  Para acompañar y a manera que cerrara la pinza, se acompañan con una salsita de chile habanero en molcajete, la cual estaba por decir lo menos, espectacular. Hay otro tipo de salsas que van cambiando todos los días para que los asiduos no se aburran de las mismas, sin embargo la de habanero era claramente en la que me enfocaría durante la comida.

Una vez llegados nuestros amigos y no sin antes haber pedido una periquera para nuestro pequeño pero bien intencionado amigo “Chiquilladas”, con el afán de que disfrutara de una manera más holgada su comida y no corriera ningún riesgo de caerse de la silla, nos dimos a la tarea de seguir pidiendo tacos a discreción, todos al centro para  poder probar de todo un poco. Empezamos con el Taco Rellenito, este es de chile meco, relleno de pasta de frijol y queso panela con una salsa suave de piloncillo. A continuación llegó el turno del Taco de camarón empanizado con queso y guacamole. Todos los tacos muy bien presentados, originales y sumamente deliciosos.

Juan nuestro mesero sugirió que a continuación siguiéramos con la Torta ahogada, la cual viene dividida en 2 partes pero optamos en dividirla en 4 partes iguales para que cada quien pudiera calarla. Tengo que decir que me considero un gran conocedor en cuanto a lo referente a la torta ahogada, y es que gran parte de mi niñez y juventud la pasé en Guadalajara visitando familiares y recorriendo  changarros de tortas ahogadas a lo largo y ancho de la capital tapatía; diferentes tipos de salsa, rellenos, panes, cebollas desflemadas, etc., por lo que me generaba cierta duda el probar una torta ahogada en la Ciudad de México. Dicho esto, la torta ahogada resultó uno de los platos ganadores de la tarde. Una salsa extraordinaria con un sazón incomparable, digno de cualquier lonchería de Guadalajara y altamente recomendable para crudas de nivel 3.1416 en adelante.

El Parnita podría pasar como un lugar turístico, sin embargo más bien se siente como un restaurante familiar, un restaurante de zona donde la mayoría se conoce, pero no cabe duda de que sea un lugar global. La gente aquí se siente como en casa, tanto por el trato como por la vibra. Es sin duda un lugar hípster con una cultura social que se ha hecho a lo largo de los últimos siete años.  Es también un lugar que está vivo, que evoluciona día a día manteniéndolos vigentes, es un lugar con alma. Aquí se experimentan a diario sabores nuevos, no les da miedo inventar nuevos platillos ni mucho menos el mezclar sabores. Usan recetas familiares, pero también usan experiencias que obtienen de sus viajes o pláticas con sus visitantes.

Los tacos más famosos de aquí son el Taco Carmelita que viene con camarón empanizado y lechuga y el Taco Viajero con lomo y pierna de cerdo y aguacate. La verdad es que nosotros  optamos por otra ruta y optamos por el Taco Oveja Negra que tiene longaniza con nopales, cebolla y jitomate y terminamos con unos sopesitos campechanos fritos en manteca con un sabor sin igual.

Para entonces ya estábamos a punto de turrón y aunque mi cabeza quería seguir probando nuevos platillos mi panza estaba a punto de declararse en huelga y paro total. “El Comal”, ya desesperado por  un cigarrito, logró conseguir que nos movieran a una mesa de la terraza, de las consentidas de los recurrentes. Ya en la comodidad de nuestra nueva mesa de trabajo y con una vista privilegiada hacia Avenida Yucatán nos aventuramos con más mezcalitos, cubas y whiskeys para entrarle de lleno a una tarde de plática divertida y amena por decir lo menos.

Con la puesta del sol en su máximo esplendor y la mayoría de los clientes retirándose, nos disponíamos a pedir la cuenta y dar por acabada la tarde, cuando sorpresivamente al más puro estilo inglés de cartero de la segunda guerra mundial, pasó como trueno frente a nuestra mesa a bordo de una eco bici nuestro antojadizo y últimamente repuestito amigo Rocky XVII. Con una pericia de triatleta, bajó de la bici aún en movimiento y al unísono se le escuchó pedir un bacardí campechano. Ante el asombro de nuestro atento mesero, optó por servir la última ronda de la tarde haciéndonos una atenta invitación para pasar al nivel superior del establecimiento a conocer El Páramo.

Aceptamos cortésmente la invitación y para nuestra sorpresa encontramos un lugar de lo más dicharachero, supuestamente con un menú muy parecido al del Parnita y con un ambiente sumamente agradable. Seguramente pronto regresaré a probar este lugar con un poco de más tiempo y estómago.

@huey_tlacuali