Y se hizo el silencio

Y se hizo el silencio, por Sofía Aguilar
Sofia Aguilar

Sofia Aguilar

| 5 octubre 2021

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Hoy no puedo parar de pensar en una tarde, de hace ya muchos años, cuando vivía en NY. La de agosto 14 del 2003, para ser exactos. Era un verano de calor extremo y hubo un blackout a las 4 de la tarde.

Hacía un calor para morirse y la ciudad cayó en un caos –pero fue un tanto menos caótico de lo que uno pensaría–. Todavía estaba el sol en su apogeo, la gente a punto de terminar su jornada laboral, cuando de pronto los monitores se apagaron. Muchos se quedaron atorados en los elevadores y en el metro. Estos últimos tuvieron que salirse por los túneles, pero afortunadamente, fueron todos ellos los primeros en ser evacuados. Los aviones fueron desviados fuera de NY, el servicio telefónico fue interrumpido por el exceso de llamadas, los celulares dejaron de funcionar. Estábamos totalmente incomunicados. Como los cajeros no servían, la gente iba a pedir “fiado” a las tiendas, para conseguir pilas para sus linternas y radios. Las heladerías comenzaron a regalar helados, pues estaban derritiéndose por segundos.

Todos iban a pie, evaluando cómo sería su regreso a casa. Algunos se bajaban de sus coches, para ayudar a dirigir el tráfico, pues no había semáforos y poco a poco se iba poniendo más oscuro. Los restaurantes y bares se comenzaron a llenar, la gente se quedaba parada afuera, echando un cigarro y una chela, comenzándose a relajar a pesar del calor demencial que se sentía. Times Square parecía boca de lobo, con sus neones y marquesinas completamente apagados. El skyline se veía como nunca antes, absolutamente negro y de fondo un cielo naranja, el más naranja que hubiese visto (o quizás no me había detenido bien a verlo).

Pero lo que más recuerdo es que se hizo el silencio.

En una ciudad donde vives en medio del ruido, con el tiempo te vuelves inmune a ello; y ese día que desaparecieron la suma de aires acondicionados con su sinfonía extrema, sentía que escuchaba a mi corazón palpitar.

Bloomberg dijo en el radio:

“New Yorkers should treat today like a snow day’ — listen to the radio and ”exercise your common sense… It wouldn’t be the worst thing to do to take a day off”

Y así nos quedamos, sin ruido, sin tele, sin computadoras, sin ventiladores. La gente sentada en los escalones de afuera, en las banquetas, en el parque, con sus chelas tibias, con sus vinos, con su baguette, con lo que fuera, para no dejarlo morir en el refrigerador. Platicando con los vecinos, escuchando el radio de alguno de ellos. Esperando sin saber, pero todos pacíficamente sumergidos en el momento.

En ese año todavía no existían las redes sociales.

Gracias a Dios, pues otro hubiese sido el destino de aquel increíble día.

Pero hoy en el 2021, heme sentada aquí escribiendo, recordando ese día, porque de cierto modo, hoy también sin WhatsApp, ni Instagram, se hizo el silencio.

Facebook nació al siguiente año del apagón, en el 2004 y hoy tiene 1.6 billones de usuarios.
WhatsApp nació en 2009 y hoy tiene dos billones de usuarios.
Instagram nació en 2010 y tiene poco más de un billón de usuarios.

Qué locura que nuestra vida en aquel momento se silenciara y se silenciara en serio.Hoy en día, el ruido nos anda persiguiendo siempre.
Putos chats, putas redes sociales, nos falta tiempo para detenernos a ver cómo nos están consumiendo.

En este momento mientras mando mails de trabajo, que me marcan mis colegas, que escucho su voz en vez de teclear textos,
que mi hija me hace caso,
siento que estamos “viviendo un día con lo que tenemos”
con lo que está frente a nosotros,
con lo que nos aleja del méndigo teléfono.

Sin juicios, sin escrutinio, sin prisa o necesidad de checar nada.
Y no puedo evitar preguntarme cosas.
¿Cuándo comenzamos a depender tanto de WhatsApp?
¿Por qué comenzamos a vivir una vida donde importan tanto los otros?
¿A qué hora nos sucedió todo esto?
Cada vez tenemos menos privacidad, cada vez tenemos menos secretos, todo esta allá afuera, lo que no es compartido, es casi sinónimo de no estarlo viviendo. Unos menos, otros más, pero si pensamos en la cantidad de gente que utiliza las redes, veremos que somos cada vez menos originales, cada vez somos –todos– parte de un gran rebaño.

Diez años después del apagón

En el 2013, salió en el New York Times un artículo inolvidable que se titulaba “THE ENVY OF INSTAGRAM”, donde la autora comentaba que la aplicación era “voyerismo puro” y una nueva forma de tortura, en la que todos sufrían mientras comparaban su vida, con la del de “al lado”, su momento presente, con el momento de los demás.

Me acuerdo de leerlo y pensar que exageraba un poco, o que no era mi caso, pues en sus comienzos, Instagram me parecía la red de la fotografía, donde sí se competía, pero por la mejor foto; era acerca de estética, de la belleza de los lugares, de los objetos y la gente, pero era más un retrato de los mismos, era a través del lente de otros, aunque sin duda ya comenzaba a ser la red voyerista de los que tenían “la buena vida”.

Luego ya llegó la #selfie y las nalgas de Kim Kardashian,
y la conversación sufrió una tremenda decaída.

Y hace un año, en el 2020, salió otro muy buen artículo en The Guardian por el lanzamiento del libro de “NO FILTER”, de Sarah Frier, donde hablaba de la década que llevaba Instagram cambiando nuestros hábitos y forzando a la gente a hacer de sus vidas, “unas mucho más relevantes para el posteo”.

Es verdad que gracias a Instagram, la gente comenzó a valorar las experiencias más que las cosas y eso cambió de modo rotundo la manera de viajar, pero también se le agregó aún más valor (del que ya tenía), a la belleza física –enseñaron a la gente a reajustarse con filtros y face-tuning, a mostrar la mentira imposible de alcanzar incluso con jeringas o con cirugía; los filtros de la perfección que en su origen ayudaron a su fundador, Kevin Systrom, a sacar los fotógrafos que llevábamos dentro, acabaron en un lugar muy lejano, pues él odiaba las selfies y los bikini shots, decía que iban en contra de la sensibilidad artística. Pero en este mundo, ya quedó claro que las métricas superan a los valores* y así fue como él se retiró de su puesto, y se quedó de AMO total de Instagram, su dueño, el insufrible de Zuckerberg.

(*Desde el 2017 se descubrió que Instagram era lo peor que podríamos haber inventado para la salud mental de los jóvenes)

Hoy en día Instagram es básicamente un mall, como dice la autora del artículo de The Guardian, y también es un lugar de ligue furioso e infidelidad; con lo cual además de ser un gran espacio para vender y comprar productos, es también donde varios elementos del sexo masculino, pueden comprar de vuelta su autoestima*.
(*Eso seguro tampoco lo previó su fundador y es un tema largo para otro día).

El caso es que hoy tuvimos muchas horas para pensarlo

Les aseguro que si revisan su consumo de horas en el teléfono, bajó muchísimo –y ese tiempo y este apagón de hoy lo usaron para algo más importante.

Yo me puse a pensar en todo esto que les comparto,
pero ya son las 8 de la noche y ya regresó el mundo a “la normalidad”,
así que aquí la dejo por ahora,
que me voy a checar mi whats.

Se ha terminado oficialmente
el silencio.

Lee también: Me corrió mi psicólogo

#ReginaTeLoCuentaMejor

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Sofia Aguilar

Es publicista, bloguera, tortera, y mamá de Juliana y Diego. Publicista es su full-time-job desde siempre. Pasó 18 años trabajando en agencias en NY y cuando regresó a México en 2014, fundo LA COLECTIVA, junto con Alfredo Couturier. Hace un año y medio abrió Tortas Atlixco. Después de muchos años trabajando para distintas marcas, pensó que era momento de tener la suya; un lugar de buenas tortas en la Condesa, con la misión de traer la mejor torta al barrio. Escribir es lo que más disfruta, además de ser directora creativa, fue bloggera para Huff Post (en NY y luego en México), y ahora escribe para Vogue México y El mundo de Regina.

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