Que pasará, que misterio habrá. Puede ser mi gran noche.
Y al despertar ya mi vida sabrá. Algo que no conoce.

  -Raphael

Ya está todo listo para mañana. Será la fiesta de la vendimia de la pequeña bodega boutique de Pinea en la provincia de Burgos, esto dentro de la Denominación de Origen de Ribera del Duero. El punto de reunión es el Monasterio de Valbuena, una edificación que data del siglo XII ubicada justo a unos metros de la famosa Milla de Oro de la Ribera del Duero, denominada así por las importantes bodegas que se encuentran a lo largo de ella como Vega Sicilia, Dominio de Pingus y Matarromera entre otras.

Esta noche habrá un pequeño coctel para darnos la bienvenida a los invitados provenientes de varias partes de España y de otras partes del mundo. Yo ya estoy listo, practiqué frente al espejo mi acento español con frases como: ¡Coño Mickey! Traigo bota campera, vaqueros, camisa blanca de manta y una chamarra de gamuza especial para la ocasión.

Nos reciben con el vino de la casa, el cual lleva de nombre 17 en honor al golfista español Sergio García, quien ganó el Masters de Augusta en el año 2017. Entre copas y unas deliciosas tapas se escuchan a lo lejos unas guitarras gitanas, así que nos acercamos a disfrutar del espectáculo. Unos minutos más tarde sale al escenario una guapa sevillana a regalarnos unos bailes flamencos y los invitados no se hacen esperar a acompañarla con las palmas. Para los extranjeros que nunca han vivido este evento tan de cerca es notoria su cara de alegría y sorpresa.

Ya con la fiesta a tope nos invitan a pasar a un pequeño cortijo donde soltarían una vaquilla para ser toreada. No nos hicimos esperar y ya envalentonados nos dimos a la tarea de echar unos pases. Para uno que siempre le ha gustado el toro, se me hizo fácil agarrar el capote y tratar de echar unos naturales. Para mi sorpresa salieron dos de altísima calidad y magnífico estilo, y tras unos olés del respetable me envalentoné a realizar una suerte más. La vaquilla me miró fijamente a los ojos y yo hice lo mismo. Di unos pasos al frente para esperar el embiste  y para mi sorpresa el olé no se escuchó de nuevo. Para entonces yo ya estaba en el piso siendo asistido por mis amigos villamelones y lo único que se me ocurrió preguntar es si alguien había apuntado las placas; ni cuando era banderillero me pasaba esto. Me sacaron del cortijo “literal” en hombros y di por terminada la noche y mi temporada.

Ya en mis aposentos y claramente lastimado más por el orgullo que por lo físico preferí dormir para olvidar lo sucedido. Para la mañana siguiente el dolor era insoportable así que llame a mi cuadrilla de nuevo para que acudieran a ayudarme, al llegar a mi habitación su cara lo decía todo: “Houston we have a problem”. Tras una larga deliberación entre ellos, optaron por llamar una ambulancia y para mi poca fortuna me informaron que no había hospitales cerca de nuestro hotel, así que mi destino debía de ser Valladolid. Una vez dentro de la ambulancia, ya con el brazo inmovilizado y aún sin sedantes en mi cuerpo, procedimos al hospital para realizar las placas necesarias y confirmar lo que todos ya sabíamos: clavícula rota y hematomas en la mayor parte del cuerpo. Cada minuto que pasaba me salía un moretón nuevo, traía morada hasta la cutícula.

Mis respetos por los servicios médicos de España, definitivamente son de primer mundo.  Después de unas horas de análisis los doctores me dieron de alta, todo patrocinado por la Corona Española. Mi amigo Edu de Pinea me estaba esperando afuera de emergencias, por lo que una vez estando ya con él me pregunto si estaba bien que nos dirigiéramos de una vez por todas a la vendimia.

Para cuando llegáramos al evento seguramente la vendimia ya habría empezado y  ya se habrían acabado toda la comida y el vino, nosotros decidimos seguir rumbo al poblado de Villatuelda a rescatar las sobras que pudiésemos recuperar. Después de una hora de recorrido por fin llegamos a los viñedos y el escenario no podía ser más espectacular, una tienda de campaña estilo safari africano que daba sombra a unos 150 comensales, bellamente decorada y con un marco que lo describía todo: viñas, valles y un cielo azul majestuoso. El día soleado, agradable y cálido pronosticaba un atardecer sin igual.

Una vez ahí y para mi sorpresa, recibí un caluroso recibimiento con aplausos y porras incluidos, el cual por cierto resulto sumamente abrumador.  Una vez que se me pasó “el oso” me preocupe y ocupe por lo importante: vino y comida. De manteles largos, Pinea nos tenía una comida típica de la zona; lechazo asado y el vino Premium de la casa. Para chuparse los dedos, prácticamente lo mismo que estar en el cielo.

La comida siguió entre risas y anécdotas, también entre elogios para los parrilleros y los bodegueros. Una vez acabada ésta se presentó una banda con música en vivo cantando canciones españolas de los ochentas, de los Beatles e incluso un  poco más modernas, haciendo que todos los invitados se pararan a bailar. El convoy de invitados que veníamos de México y de los Estados Unidos pronto se mezcló con el agrupamiento español y la fiesta siguió hasta que nos atrapó la noche. Como todos queríamos un poco más, llego el transporte que nos regresaría al hotel donde nos aseguraríamos que esa noche no habría vaquillas por ningún motivo.

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Para nuestra sorpresa, a la llegada al hotel nuestros anfitriones nos tenían preparados un after en el salón de eventos del pueblo. Dj, más vino, cañitas y licores diversos más unos deliciosos platillos locales como jamón, tortillas de patatas y hasta hamburguesitas. La noche llego a su fin, sin embargo para mí apenas comenzaba. El dolor volvió con magnitudes bíblicas y la noche se volvió eterna. Para la mañana siguiente se realizó una visita a la bodega donde los bodegueros nos enseñaron los procesos de elaboración del vino que utilizan, la diferencia de las barricas que tienen y pudimos probar el vino una vez más y entender porque Pinea es el vino que es.

Pinea es el resultado de dos mexicanos que querían elaborar un vino que estuviera a la altura de los mejores del mundo y que respetara la  tierra donde se produciría con minuciosa atención al proceso de elaboración. Esta tierra sería la Ribera del Duero y la idea era la de crear momentos de placer a través de los sentidos y ser parte de esos momentos que perduran para siempre. El resultado es un vino de alta calidad que representa su terroir y se disfruta en cualquier momento. En hora buena por los bodegueros, su vino y la vendimia. La buena noticia es que pronto podremos disfrutar de este vino en México, estén pendientes.

 

Fe de erratas inmediata.

Me encantaría pensar que mi aventura por la Madre Patria fue como la platiqué. Sin embargo tengo que aclarar que todo lo anterior fue verdad menos la historia de la vaquilla. Para mi infortunio si tuve un accidente con los mismos resultados, pero fue por caerme por una escalera. Desafortunadamente no existió una gran historia como me hubiera gustado detrás de mi accidente.

Ese día no pude llegar a tiempo a la vendimia y poder participar en las actividades de recolección de la uva ni la tradicional pisada de la misma. Mucho menos para ver cómo preparaban la comida y convivir más de cerca con la gente que ayuda con el proceso de la vendimia. Lo que sí quiero aclarar es que fui muy afortunado de poder haber presenciado y vivido una tarde tan especial como lo fue para mí esa.

Tendré que esperar un año más, ¡Joder!

@huye_tlacuali

#reginatelocuentamejor