Por: Cris Aubry

Para algunas es su primer mandamiento. En otras es el sentimiento que nos impulsa a hacer el bien a los demás, a ser misericordiosos, a superar los propios instintos egocéntricos para ponernos al servicio de todos. Con lo cual podríamos  entender que el amor, es  la actitud del corazón humano que desea y actúa por el bien a todo y todos.

Y por eso, hace algunos años, me llamó tanto la atención un libro: Trece Preguntas Al Amor  de Alejandro Corchs.

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Un libro en dónde se habla de trece preguntas que como ser humano te vas a cuestionar en algún momento de tu vida. Pero contestado desde el amor.

¿Que nos contestaría el amor si fuera un ente y nos pudiera hablar?

Y hubo una pregunta en especial que me llamó mucho la atención: el suicidio.

Un tema, del que pocos hablan. Y que incluso en varias familias está prohibido y estigmatizado.

Un tema lleno de prejuicios y culpa.

Y que en este libro me encantó la forma en la que el escritor habla de este tema y contesta a la pregunta que todos los que crecimos como católicos nos hemos hecho en estas circunstancias.

En el libro, se habla de una mujer que está llorando desconsolada al pie del altar en una iglesia vacía. De repente, por la puerta, aparece un sacerdote que se acerca a ella y le pregunta que tiene.

“Mi hijo, padre, se está calcinando en el infierno.” ¿Qué, porqué dices eso? “Es que mi hijo se suicidó.”

(Lo que a todos los católicos nos dijeron nos pasaría si se nos ocurría suicidarnos.)

En ese momento, el sacerdote abraza a la mujer y le pregunta: “¿Hija, si en estos momentos, tu hijo entrara por esa puerta, qué harías?” “Correría hacía el a abrazarlo, y no lo soltaría jamás.”

Y el sacerdote le responde: “eso fue lo que hizo Dios nuestro padre al verlo llegar.”

Creo que pocas cosas me han dado tanta paz al leerlas. Y me han hecho ver las cosas de un modo tan distinto.

Fueron esas simples letras las que me hicieron entender en verdad, la importancia del amor en nuestras vidas.

Que si los seres humanos, nos enfocáramos más en amar; seriamos  más compasivos, empáticos, comprensivos.  Estaríamos más despiertos y atentos a los que sucede a nuestro alrededor y no tan enfocados en nosotros mismos.   Seríamos más consientes a las necesidades de los otros y menos egoístas.  Y aprenderíamos a ver y escuchar realmente. A escuchar, muchas de las cosas que no dicen con palabras pero que en actitudes o incluso sus miradas nos dicen a gritos.

Y no quiere decir que las personas que pasan por una situación como esta, no hayan estado atentos. Al contrario. Si viviéramos desde el amor,  entenderíamos el suicidio como lo que realmente es.  La consecuencia a una enfermedad.

Una enfermedad con la que viven miles de personas alrededor del mundo y de la que pocos hablan.  Una enfermedad, que como muchas de las enfermedades, va deteriorando a las personas hasta la muerte.

Y que si dejamos nuestros egos atrás, y vemos que todos somos individualmente dueños de nuestras vidas, y que a diario todos tomamos diferentes decisiones porque somos libres de hacerlo, sin que esto nos haga buenos o malos.  Entenderíamos también, que el suicidio no es un acto de castigo hacia nadie. Que no es: “el acto más valiente de la persona más cobarde.” Es simplemente la culminación al dolor y el calvario que sufren muchas personas en su enfermedad.

Si viviéramos desde el amor, seriamos compasivos y no existiría ápice de juicio en nosotros.

Todos en algún momento hemos sentido tristeza, desconsuelo, o incluso angustia. Todos en algún momento hemos sentido que no podemos más.

Y aunque no todos,  hemos sentido la necesidad de terminar con este dolor.  Si hemos deseado que acabe.

Y es ahí, es en ese momento,  en el que al reconocer esos sentimientos en nosotros mismos,  que podemos  conectar y ser empáticos al dolor ajeno y entender que las personas que toman una decisión así, en verdad no encontraban otra salida.

Y que a pesar del profundo dolor que esto nos ocasiona,  si dejamos nuestro egoísmo atrás y vemos que es justo ese profundo dolor el que los lleva a tomar una decisión así.  Entenderíamos más y mejor.

Al final, lo único que tiene seguro un bebe al hacer, es que va a morir. ¿Cómo y cuándo? No lo sabemos.

Pero ese momento llegará.

Y quise escribir de esto, porque creo que al hacernos verdaderamente conscientes de esto en nuestras vidas; Podríamos enfocarnos en lo que es verdaderamente importante.

Enfocarnos  más en ser felices y  en educar nuevas generaciones basadas en eso. En que se amen y amen más a su prójimo y lo que les rodea.  En el respeto por todo y todos. En básicamente ser mejores seres humanos.

Últimamente oímos más de este tema.  Y no porque ya se hable más.

Sí, no, porque creo que últimamente es más común. Vivimos tan  llenos de ruido y desconectados de nuestros sentimientos. Que las nuevas generaciones rara vez saben  lidiar con la frustración, y son poco tolerantes. Están  acostumbrados a tener todo en el momento que no saben lidiar con ciertas situaciones que tarde o temprano la vida nos presentará.

Generaciones competitivas en dónde tienen que ser multimillonarios a los 22 años.  En donde incluso son  los mismos padres los que los presionan al límite llevándolos de clase en clase, exigiéndoles un sinfín de triunfos y logros,  y forzándolos a ser todo eso que ellos no fueron.  Olvidándose que lo único que realmente importara al final de la vida, es  que tan felices fuimos y que tanto amamos.

Enfoquémonos más en ser felices, en amar más. Nunca sabremos ni cuando, ni como es el último día con nuestros seres queridos. Pero si nos enfocamos en lo que verdaderamente vale, podríamos hacer de cada día el ultimo mejor día para todos.

No es fácil vivir algo así. Sin embargo espero siempre exista el consuelo de que esas personas ya están en paz y la esperanza de volvernos a ver en un futuro no muy lejano.

#reginatelocuentemejor