̈Suéñalo, hazlo, hecho está. ̈

-Sergio Bambaren, La Playa De los Sueños.

 

 

Una frase que me marcó y me dio esperanza en un momento clave de mi vida.

Saber que todo hecho nace de un sueño y somos nosotros los responsables de volverlo una realidad.

Desde chica, más o menos a los 2 años mi peso era mayor al de las otras niñas de mi edad.

Crecí haciendo un sinfín de dietas, las cuales rompía constantemente.

Para una niña de 7, 8 años, estar a dieta no es fácil. Privarte de la comida que les gusta a los niños y que todas tus amigas pueden comer, y tú no, no es fácil.

Te afecta desde privarte de eso, hasta psicológicamente. Te das cuenta de que hay algo diferente en ti. De que no solo no eres físicamente igual a las demás, sino que no es correcto, ni está bien visto que seas como eres.

Te conviertes en un blanco fácil para críticas y burlas constantes, no solo de los niños o la gente a tu alrededor, si, no incluso también de tu propia familia.

̈Cara de tentación y cuerpo de arrepentimiento. ̈ Una frase que me repetían mucho al crecer en un tono ̈bromista ̈, pero que te marca y hace sentir menos valiosa a las flacas.

No importa que tan buena, inteligente, simpática, o cualquier virtud puedas tener. No eres suficiente. El cuerpo, tu cuerpo no es suficiente.

Un mensaje algo fuerte para una niña tan chica en muchos sentidos. En auto estima, auto valoración, auto reconocimiento y enfoque del verdadero valor de

las personas. Todo esto te marca e influye a futuro en cómo vas a auto percibirte, percibir a los demás e incluso el mundo y sus valores.

De hecho creo que vivimos en un mundo lleno de niños lastimados en cuerpos de adultos, tratando de superar todos esos comentarios que nos marcaron de por vida.

Hoy, soy consciente de cómo cada palabra y comentario influyen en la formación de los niños. Por lo menos en mi caso, creo que así fue. Me convirtieron en alguien muy preocupada por encajar, en ser aceptada y en el que dirán. Esclava de la percepción de otros hacia mí. Y dándole un valor significativo al aspecto físico. Que si bien, es bueno por salud estar en tu peso, no tiene nada que ver en cómo te defines como persona y ser humano.

Lo que si te define, son los comentarios y las actitudes que tienen las personas que te rodean.

Siento que la mayoría de las personas con sobre peso, o por lo menos en mi caso, se vuelven duros. Están tan acostumbrados a oír comentarios agresivos que te vuelves agresivo y antes de que te ataquen, atacas. Vives con la espada desenvainada. E incluso te vuelves tu propio enemigo; porque el ser percibido así no te favorece en nada. La gente te tiene miedo. Me acuerdo una vez que una amiga me dijo: “Prefiero tenerte como amiga, a como enemiga”

No creo que nadie pueda estar contento con que la gente la perciba así. Pero te acostumbras a dar esa imagen. A ser la fuerte y la ruda.

Así pasé toda mi vida, defendiéndome y defendiendo a los demás. Creo que más que ser una defensora de las causas justas, era esa gran necesidad de encajar y también de inspirar miedo para que no se burlaran de mí. Sobre todo creciendo.

Me acostumbre a ser la amiga gordita simpática que tienen todas las guapas. A ver a todas mis amigas crecer y vivir su infancia vestidas con lo que se querían poner, bailando en concursos de baile, en dónde yo no participaba, porque que oso que vieran a la gorda bailar. Verlas crecer y tener novio, casarse, y tener hijos y formar sus familias. Me acostumbre a vivir a través de ellas y sus experiencias. A

ser también la amiga de todos los niños, la confidente y la que los hacía reír con mis ocurrencias. Como sabía que solo me veían como amiga, me permitía ser total mente yo con ellos. Cómoda pero también siempre con la esperanza de que algún día alguien iba a ver en mi a una persona que valía la pena. O si, no que iba a enflacar y ser feliz. Que enflacando todos mis problemas se iban a solucionar.

Nunca se me va a olvidar, como había un niño que cada vez que me saludaba, me daba la mano. Como si la gordura se le fuera a pegar y fuera lo peor que le pudiera pasar. Mismo al que en una ocasión ya harta de él, le dije: “algún día voy a enflacar y vas a querer ser mi novio. Y yo te voy a decir que no.” Me acuerdo tan bien de esa sonrisa sarcástica y de esa carcajada que no soltó pero quería.

A los 24 años, se empezó a hablar mucho de una operación en dónde te ponían una banda en el estómago y esto hacía que te cupiera menos comida y enflacaras.

En esa época, también mis hermanos y yo habíamos vendido un terreno que nos habían regalado mis papás y con mi parte del dinero, decidí operarme.

Estaba muy emocionada e ilusionada…

Lo que nadie me dijo es que esa operación solo servía para enflacar 20 kilos máximo y que se podía hacer trampa. Algo que evidentemente alguien que no había podido seguir una dieta haría.

Bajé los 20 kilos más seguía teniendo 40 de más. Hacía trampa constantemente y pues mi sueño de ser feliz cuándo enflacara, no se dio.

A los 4 años de esta operación, uno de mis hermanos que también sufría de obesidad (a las cosas por su nombre) se hizo otro tipo de operación para enflacar. El famoso bypass gástrico.

Le sirvió muchísimo y en 4 meses estaba completamente irreconocible. Por lo que mi mamá decidió pagarme esa operación con la esperanza de que eso me ayudara.

Nos fuimos a Monterrey de dónde era el doctor. Lo conocí un viernes, un día después de que mi perro se muriera y me operé ese mismo Sábado. No pensé mucho o más bien no pensé nada. Estaba muy triste y la verdad es que aunque había visto que a mi hermano le había servido, yo sentía que algo estaba mal conmigo y que estaba destinada a morirme gorda. Al fin y al cabo la primera operación no había servido.

El bypass gástrico es la mejor y la pero decisión que he tomado en mi vida. La peor porque lo hice sin antes entender que mi problema tenía un trasfondo más grande. Que el sobrepeso va de la mano con lo emocional y psicológico y que sin atender eso no es posible llegar a verte ni sentirte bien.

La peor, porque al día siguiente de operada el dolor era irreal. De verdad me sentía morir a pesar de la morfina. La recuperación esa semana sin poder pasar nada por la boca, ni si quiera agua. ¡Fue de terror!

Pero bueno poco a poco, empecé a comer y para mi sorpresa, empecé a bajar de peso. Esta operación había servido. Pero aún seguía desconfiada. No me la creía. Todo empezó a pasar muy rápido y sin ir a terapia era mucho para asimilar.

La actitud de ciertas personas empezó a cambiar. Sobre todo la de los hombres.

Me acuerdo que mis amigos empezaron a decirme mucho que cuando ya estuviera en mi peso no me fuera a volver insoportable.

Que si seguía siendo la que era aparte ahora guapa iba a ser la mujer perfecta.

Algo que me hizo pensar: Ósea mi forma de ser valía la pena, pero no era suficiente si no enflacaba. Ahora iba a ser suficiente…

Otros dos amigos me dejaron de ver como su amiga y me empezaron a tirar la onda. El hombrecito este que me saludaba de mano me llegó y le dije que no. A lo que me dijo que era una rencorosa y yo simplemente, no lo podía creer. De verdad que no fue rencor, simplemente no entendía como ahora si le gustaba. Según yo seguía siendo la misma. Y después las mujeres también empezaron a

cambiar conmigo. Antes podía llegar a una boda, a una mesa llena de mujeres que todas iban a terminar siendo mis amigas. Ahora, me veían raro si platicaba con sus esposos. Más cautelosas e incluso con recelo.

Algunas disque amigas cambiaron conmigo. Ya no les convenía tanto. Dejé de ser la dama de compañía para ser alguien que también podía ser una amenaza en sus cabezas.

Empecé a sentirme más aceptada, pero a la vez era raro. No estaba acostumbrada a estas reacciones o actitudes. No estaba acostumbrada a usar ropa normal.

Me acuerdo estar en un vestidor en Houston sacada de onda sin saber ni que talla de ropa interior era. Cambié hasta de talla de zapatos.

Pero nadie llega a tener este tipo de sobrepeso porque sí. Como lo mencioné antes, influye mucho lo emocional y lo psicológico. Y tantos cambios, sin terapia no es una combinación muy sana.

De comer en exceso y por ansiedad, pasé a dejar de comer, o a vomitar lo que me comía. Al principio, es normal porque no sabes medir si ya te llenaste o no. Pero luego también se vuelve costumbre. Pasé a no saber cómo manejar esto y en un día pasar por todos los estados de ánimo habidos y por haber.

De desmayarme o tener bajas de presión, de obsesionarme y tomar diuréticos al grado de acabar en el hospital por una convulsión. Y de recibir la noticia de que por la anemia severa que tenía lo más probable fuera que no pudiera ser mamá de forma natural. Todo esto por no seguir las indicaciones de inyectarme vitaminas.

Pasaron muchas cosas, pero sobre todo pasó que esa felicidad que tanto me imaginaba llegaría por enflacar, no llegó.

Que no era por arte de magia y que el problema de fondo no era mí sobre peso. Eso era una consecuencia al verdadero problema.

El comer solo me ayudaba a protegerme de tener que tomar responsabilidad de mi vida y acciones. A vivir como víctima de todo y no hacerme cargo.

Entendí que el que la gente me viera de cierta forma o tuviera actitudes superficiales conmigo, es porque yo las tenía también. Yo era la principal agresora a mí misma.

Al enflacar yo misma también cambie conmigo. Entendí de cierta forma lo que mis amigos querían decir al pedirme que no cambiara.

Solo nosotros mismos somos responsables de cómo nos perciben las personas, porque solo nosotros tenemos el poder de darle fuerza a las palabras y actitudes.

Entendí que la verdadera felicidad es un acto de decisión propia y de enfoque propio. Y aunque todavía no estoy donde quiero estar; estoy en un mejor lugar. Ir a terapia me ha ayudado. Pero sobre todo hacerme responsable y cuidar más mi entorno. Me falta mucho y vivimos en un constante crecimiento y aprendizaje. Pero tengo las cosas más claras. Me hablo más bonito y en lugar de rodearme de comida, me rodee de personas valiosas que me han enseñado a quererme y que me quieren.

El estar bien es un trabajo diario y como lo puse antes, creo que es actitud. Actitud a tomar las riendas de nuestras vidas y lograr todo eso que alguna vez soñamos.

Al fin y al cabo toda realidad nace de un sueño. Y solo nosotros tenemos el poder de hacerlos realidad. Lo demás es circunstancial.

Creo que hablar de mi historia no tendría sentido sin reconocer esto mismo, que no hay cambio mágico. Que todo lo que vale la pena cuesta trabajo y esfuerzo. Pero al final si somos valientes vamos a tener una vida llena de sueños convertidos en realidades.

 

Cristina Aubry.

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