¿Alguna vez se han sentido apapachados?

Pues ese es el sentimiento que tuve cuando fui a Niddo. Un concepto de restaurante único y novedoso en nuestra Ciudad.

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Desde que entras a Niddo Karen y Eduardo, los propietarios: madre e hijo, apasionados de la comida y la hospitalidad te hacen sentir esa calidez y comodidad como si estuvieras en casa. Siempre amables y sonrientes. Eduardo al pendiente de las mesas  y Karen, la chef, al tanto de la cocina.

Este lugar es un verdadero deleite. Un pequeño espacio, acogedor, divertido y relajado, decorado con unas cuantas mesas brillosas color  rojo quemado, espejos arqueados que dan la ilusión de amplitud en las paredes, y en el techo, tres filas de estantes llenos de pequeñas artesanías y objetos típicamente mexicanos y lo más padre de todo – una cocina abierta con cubierta de mármol, también rojo, en la que puedes ver cómo cocinan y preparan tus platillos (lo cual te inspira mucha confianza).

La comida, ufffff….. ¡no se ni por dónde empezar!

El menú es corto pero cada platillo está pensado y diseñado para parecer comida casual “comfort food” de todos los días, sencilla pero con una profundidad de sabores y texturas que solo expertos en este campo pueden crear.  Y es aquí donde entra en juego la mezcla cultural de Eduardo y la experiencia de Karen en la cocina; Platillos inspirados en su identidad judía, con influencias de las recetas de la bobe (abuela) como el babka de chocolate y los latkes de papa. Platillos de influencia oriental como el falafel o el shakshuka, una verdadera delicia, que me transportaron por un instante a mi infancia y esos veranos calurosos que pasaba en Tel Aviv cada año. Y los platillos favoritos de todos, que no pueden faltar, como un delicioso Mac and cheese o unos Pancakes para  desayunar.

Qué les puedo decir. Todo lo que probé me cautivó! Cada plato tiene su encanto. Sabores perfectamente balanceados. Explosiones de color y texturas que te invitan a seguir comiendo. Estaba emocionada y extasiada. No quería que mi experiencia terminara jamás.

Mientras tanto afuera se iban acumulando las personas esperando una mesa. Los clientes que regresan y los nuevos también, dispuestos a esperar pacientes el tiempo necesario, ya que este lugar no acepta reservaciones. Como dicen first come, first served aquí nadie cuenta con ningún tipo de trato preferencial o “palancas”…. si quieres asegurar una mesa, tendrás que llegar tempranito ya sea al servicio del desayuno o al servicio de la comida. Todos son tratados igual.

Al terminar el desfile de platillos, y muy satisfechas con todo lo que probamos, quisimos movernos al salón adjunto, Niddo café, por el postre.

Aquí el espacio es más pequeño y acogedor; una barra de café y varios tipos de galletas, pasteles y panes dulces horneados diariamente. Karen nos recomendó probar el brownie con pedacitos de choco-chip cookies adentro.  Pedimos también unos capuccinos con leche de almendra. Todo riquísimo! El café de Chiapas con un sabor intenso y balanceado y el brownie…. OMG, de esos postres que no puedes parar de comer hasta que ves el plato vacío. ¡Adictivo!

Me despedí con alegría y ganas de volver pronto a probar algún platillo nuevo o que se me haya escapado, porque aquí todo es garantía. Se nota cuando la cocina se hace con amor y con ese gusto y alegría por compartir que hace felices a los comensales.

Una experiencia sensorial increíble. Vayan a probarlo. Y si no se animan a salir a explorar,  recuerden… ¡siempre hay una primera vez!

The Chic Wanderer.

@_niddo

@eduardoplaschinski 

#reginatelocuentamejor