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Por: Marcela Silva

Con el libro y ahora la serie de la japonesa experta en organización, Marie Kondo, todo mundo nos pusimos las pilas y revisamos nuestros clósets para encontrar todo aquello que nos trae alegría y desechar lo que no. ¿Qué tan sincera fuiste? ¿Qué cosas dejaste ahí por culpa, costumbre, apego o hasta flojera? ¿Cuántas veces acumulamos ropa o cosas “por si acaso”? La verdad es que ese supuesto, nunca llega. “Por si bajo cinco kilos, por si me invitan a un rancho, por si tengo una boda en la playa, por si vuelve la moda.” Y ¿qué tal las cosas que compramos por impulso? O las que nos salieron carísimas pero la mera verdad es que se nos ven fatales, y ahí andan en sus ganchos, empolvándose. Jamás nos las ponemos pero nos da culpa deshacernos de ellas.

Te deseo que bajes esos cinco kilos, si es lo que quieres, pero que no guardes esos jeans que te recuerdan a cada rato que no pesas lo que quieres pesar. ¡Qué tortura! No, no te van a invitar a un rancho pronto así que tira esas botas. Y si esa moda vuelve, va a volver en unos quince años y puedo apostarte que no te lo vas a poner ni para una fiesta de disfraces. ¿De verdad quieres guardar todo? Y no es nada más tu clóset, es la despensa, las cremas y productos de belleza (que por cierto, tienen fecha de caducidad), más todo lo que aprendemos a acumular y nos quita espacio físico y energético. No, no vas a encontrar la tapa de ese tupperware, ni el par de ese calcetín y tampoco vas a necesitar la garantía de tu videocasetera (exacto, ya ni la tienes).

Vivir y trabajar en un espacio organizado tiene muchísimos beneficios en todas las áreas de tu vida. De entrada, qué bien se siente cuando organizas tu escritorio y tiras todos esos papeles que creías que algún día ibas a necesitar. ¿A poco no eres mucho más productivo? ¿Qué tal la sensación de abrir una despensa ordenada al estilo “Durmiendo con el Enemigo”? ¡Una delicia! ¿O me estaré ventaneando como obsesiva-compulsiva?

Cuando tu espacio está organizado y limpio, estás de mejor humor y por ende, tus relaciones mejoran. También se reducen los niveles de estrés y ansiedad y esto impacta a tu salud física y mental. Los beneficios también son energéticos, en un espacio donde no cabe ni un alfiler, pues eso, no cabe ni un alfiler. O sea, no hay espacio para la abundancia, para cosas nuevas (ojo, no hablo sólo de cosas materiales), para la creatividad y la inspiración. No hay espacio. Punto. La energía se atora y deja de fluir.

Nuestros espacios son un reflejo de nuestra mente, de nuestro estado de ánimo. Son una metáfora. ¿Qué nos está queriendo decir? Organizar nuestro espacio físico hace que tengamos mayor claridad mental y eso hace que podamos resolver más fácilmente cualquier conflicto emocional. Nos hace vivir en un ambiente mucho más amable y pacífico, ¿qué más podemos pedir? También el depurar los espacios nos puede inspirar a depurar otras áreas de nuestra vida como nuestras redes sociales, chats grupales, e incluso personas que no nos aportan. Okay, okay, ya me fui demasiado lejos, pero dejo sembrada la semilla.

¿Quieres empezar por algo sencillo cómo tú clóset? Aquí te dejo diez pasos prácticos:

  1. Invita a una amiga de esas que no tienen filtros en sus opiniones (todas tenemos una) para que te ayude a depurar.
  1. Separa tres cajas o bolsas de basura: para donar, para vender, para arreglar.
  1. Pruébate todo. Si te da flojera probártelo, saca tus conclusiones: ¿qué te dice que te van a dar ganas de ponértelo?
  1. Deshazte de todo lo que veas y pienses “qué tal si…”. O sea, “qué tal si tengo una fiesta ochentera, qué tal si bajo seis kilos, qué tal que ahora sí me lo pongo.” No, no te lo vas a volver a poner. Dónalo.
  1. Deshazte de todo lo que no te queda bien o si hay cosas que tienen remedio llévalas al sastre, pero hoy. Ponlas en la bolsa de “arreglar”. ¿Segura que te encanta? Si no, échalo a la bolsa de donar.
  1. Fíjate si tienes demasiadas cosas de un mismo color, estilo, etc. Escoge una, okay, máximo  las dos que más te gusten o las estén en mejor estado. Esas quédatelas, las demás dónalas o véndelas. Y no te vuelvas a comprar algo igual, a menos que sea para reponer.
  1. Nunca te quedes ropa que ya no uses sólo porque te trae buenos recuerdos. Mas bien, agradece esos momentos y déjala ir.
  1. Importantísimo: no te quedes nada por culpa. ¡Imagínate la energía que le trae eso a tu clóset, a tu casa, a tu vida! Si te costó carísimo, perdónate y aprende de tus errores. Que te sirva de lección la próxima vez que quieras comprar algo por impulso. Sustituye la culpa por agradecimiento. Si puedes, vende o consigna esas prendas en Troquer, The RealReal o Poshmark (éstas dos últimas en Estados Unidos). Si no lo puedes vender, sé generosa y regálasela a alguien que sepas que le va a dar mucha ilusión.
  1. Aprende a comprar. Conoce tu tipo de cuerpo, ¿qué cortes te van mejor, qué colores?. Invierte en básicos. Nunca compres por precio, esto no quiere decir que no te ajustes a un presupuesto, sino que no compres algo que medio te gusta porque “está baratísimo”. De igual manera, no te compres algo sólo porque es de marca. Cómprate las cosas que te fascinen o que necesites y búscales por lo menos dos compañeros en tu clóset. O sea, dos prendas que ya tengas con las que te lo puedas poner. Sigue la regla de “más, es menos”.
  1. Gratitud y perdón: la verdadera panacea. Perdónate por acumular cosas que no necesitas, por dejar que la desorganización en tu mente y emociones haya traspasado a tu realidad física. Perdónate por descuidar tu espacio y tu energía. Después, agradece todo lo que tienes, todo lo que puedes compartir con los demás, también el espacio y la abundancia que estás generando. Agradece que tienes la oportunidad de actuar diferente y de crear nuevos hábitos para ser mejor. Sí, todo esto se puede hacer al limpiar y organizar un clóset.