En temas de Beach Club…

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La primera vez que yo fui a un beach club tenía 18 años (sin ser específica fue hace mucho), me llevaron mis primos, en otra época, en otro país, era muy joven y pensé en ello como algo muy local.

Era una de esas cosas únicas, como quitarte el top del bikini solamente en Europa.

El concepto del beach club no es algo con lo que crecimos los de mi generación; al menos no en México y sus playas. Era algo más exótico y era algo que sucedía fuera de nuestro territorio. A nosotros esto del beach club nos tocó un poco más grandecitos.

“Nosotros” somos los de la época de las desveladas infames, despertarnos tarde, pisar un rato la playa, buscar al cuate que te gustaba, comer y echar la siesta, porque a la media noche era bañarse, arreglarse, intercambiar atuendos y a la 1 de la mañana irnos a bailar.

Todo era a oscuras. Literalmente.

Mucho más vestimenta, mucho más artificial, mucho más incómodo. Mucho menos sexy que hoy en día. Y sobre todo agotador, salíamos del antro directo a desayunar, y para el cuarto día del puente, con esas ojeras era mejor ya no ver a nadie (de día).

Pero todo ha cambiado, incluso en cuanto a “los cuerpos”, veo fotos de mis amigos y mis contemporáneos a sus 18, y por mi vida santa, podían estar flacos, podían estar guapos, tener piernas de soccer, pero nadie tenía esos cuerpos tan marcados; estos niños de hoy, tan vanidosos y tan gym friendly vienen con esteroides en las venas.

Es otro look.

Es el look del beach club.

Por eso se merecen este cambio – tan benéfico – en el horario de la fiesta. Y ni hablar de las niñas.

Antes, la “prueba de la alberca”, la pasaban solo las chavas que se seguían viendo guapas tras del primer revolcón de ola, considerando que era una generación mucho menos encuerada, y siempre maquillada.

Era la época del delineador forzoso.

Ahora, las chavas “al natural” tienen que estar muy fit o escoger el atuendo perfecto, pues la luz del sol nos deja ver las cosas como son.

Hay que estar listos para quitarse la camisa, el short, el pareo, el sombrero. Y poder bailar y circular libremente por toda la locación, sin vergüenza y sin miedo.

Las nuevas generaciones lo tienen claro, pues han crecido con este concepto a nivel local, tengo entendido que el Hannah de Acapulco es un éxito total; tanto que algunos pobres chavos no se pueden librar de que su papá vaya con ellos (tema para abordar en otra ocasión).

Cuando nosotros los adultos vamos al beach club, hay que cambiarse el chip. Eso a los hombres les sale natural, su chip vive permanentemente alterado. Pero una que es madre, ve el mundo mas lineal (y ve en cada jovencita, a su hija en pocos años).

Entonces hay que mentalizarse, pasar el rato ahí, en medio de gente ligando, bailando y bebiendo en exceso, y todo esto en traje de baño.

En algunos casos, muchos hielos tirados, muchas colillas y mucho licor regado, pero todos podemos tomarnos un break de verano, y sentarnos en un banco pegajoso (lo que se pone realmente punk es el baño).

Ahora mi adulto cercano y yo, descubrimos Casitas Maraika, (me lo recomendó Lalo, otro adulto como nosotros). Es un lugar paradisiaco, a poca distancia de Puerto Vallarta.

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(Aquí no hay nada pegajoso, está muy bien el baño y de hecho puedes andar descalzo).

Vale la pena quedarse a dormir, pero también puedes manejar a Boca de Tomatlán y te llevan y regresan en una panga.

Nosotros llegamos como a las 3 de la tarde, pero la demás gente llego sobre las 5 de la tarde. Y por “demás gente” quiero dejar claro que estamos hablando de un 80% de mujeres y un 20% de hombres.

Los hombres solteros tendrían que empacar hoy e irse mañana. Aunque también había casados, había de todo, pero había poco.

Muy pocos hombres para tantas mujeres.

La primera vez fui a Maraika en domingo y me encantó, pero no me había tocado verlo en sábado; así que claramente no había entendido nada. Este un lugar friendly para todas las edades. Adultos contemporáneos, y millenials conviviendo en una pequeña bahía, donde se come muy rico, se puede nadar, se puede estar durante muchas horas “observando”, y se puede disfrutar de un atardecer espectacular.

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El domingo que fui la primera vez, estaba todo muy familiar y tranquilo, pero el sábado que estuvimos, me empecé a poner nerviosa con la llegada de tanta lancha, cargada de chavas en bikini.

Era de no creerse. Se estacionaron, pidieron sus bebidas y algunas de ellas, las de mejor rear, tomaron la pista de baile.

Toda la tarde. Toda.

Yo desde mi lugar veía como se les acercaban algunos valientes, como se notaba quienes eran los “locales” y quienes los newcomers (como nosotros).

También había tres despedidas de solteras, cada una constaba de 10 amigas.

Así es que a nuestro alrededor habían 30 bachelorettes, en una constante de #selfies, y los pobres meseros aventándose un group shot, cada media hora.

Mucha foto, Muchísima.

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Eso tampoco había antes. Había las fotos del fotógrafo del lugar. Esas que se guardaron en el baúl de los recuerdos, y que con los años se pusieron color sepia.

Es inevitable esto de crecer. Es inevitable esto de ser de otra época, por mas vitales y jóvenes que sigamos.

(o nos sintamos)

Recientemente escribí un artículo donde abordaba lo diferente de estas 3 generaciones, la X, la Y, la Z. Hay muy claras diferencias entre las tres.

Pero una que es relevante en este caso, es la desnudez tan confortable que viven los jóvenes hoy en día. Y más ellas.

Apoderándose del mundo, Así con tan poca tela.

Hay que quedarnos actuales, Hay que saber entender lo que sigue,

Aunque quizás nos toque tomar un lugar más discreto, y dejarle el protagonismo a las nuevas generaciones. Podemos intentarlo hacer en un gran traje de baño,(el statement piece del momento).

Usar siempre bloqueador, No quitarnos el sombrero. (Y planear bien las fechas, no nos vayamos a topar con los hijos de los amigos).

Por: Sofía Aguilar

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